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Entrevistas | intereses, conversaciones.
Entrevista a Mauricio Barría, Profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS, realizada el año 2003.
por Sergio Montecinos.
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Filosofía y Teatro, entrevista a Mauricio Barría.
Sergio
Montecinos: Para comenzar, Mauricio, ¿podrías
contarnos acerca de cómo se fue gestando en ti el interés
por la filosofía? ¿cómo vives tu interés
por la filosofía en la actividad “extraacadémica”,
o consideras que la filosofía es perfectamente compatible con
la vida cotidiana?
Mauricio
Barría: Sí. En realidad no es una historia,
sino algo a un nivel de una cierta anécdota. Yo empecé
a inquietarme por la filosofía estando en el colegio. Siempre
tuve dos pulsiones en tensión: el teatro —en otra época
respecto a la actuación— y la filosofía. No sé
qué era exactamente lo que me atraía de la filosofía,
quizás un cierto placer por la especulación, o el ejercicio
de una libertad: la de pensar sin necesidad de constreñirme
a un método —la verdad es que eso lo pienso ahora, no
es exactamente lo que discurría cuando tenía quince
años. Por una parte, y tal vez sea un dato más relevante,
una relación con mi historia familiar. Tal vez con cierta deuda
con mi padre. Mi padre era un connotado historiador, historiador sindical.
Él trabajó en la Universidad de Chile durante toda su
vida y en la Universidad Técnica y lo expulsaron para el once.
De alguna manera me imagino que viendo su relación con los
libros, y su trabajo de escritura, puede que me haya surgido un gusto
por todo esto.
S. M.: De alguna manera tú ligas a “lo que es” la filosofía
a “lo que es” la escritura...
M. B.: Sí y no. Yo más bien diría, en un primer momento
—porque el tema de la escritura podríamos instalarlo
un poco más adelante como problema—, que la filosofía
puede ser sin escritura. Estoy pensando en Giorgio Colli, el editor
de las obras completas de Nietzsche, él en un libro llamado
la “filosofía de la expresión”, plantea
esa tesis. En este sentido la pregunta tiene que ver con cómo
ves tú la filosofía en un primer momento y como ésta
se relaciona con la vida. Yo creo que en un sentido muy ingenuo, en
un buen sentido ingenuo, tiene que ver precisamente con la especulación,
con el pensar. Y eso ocurre como pura representación mental,
sin necesidad de escribir o de escribirla materialmente; y si se trata
de escribirla existe un tipo de escritura intempestiva como el aforismo
o la idea o el ingenio... yo creo que esa es como una tendencia más
inmediata que establece uno con la filosofía respecto a la
escritura, más que la Escritura propiamente tal, creo que ese
es un problema por pensar. En ese sentido pienso que la filosofía
tiene un vínculo con la vida inmediatamente, y obviamente tiene
un vínculo con mi vida en un sentido real. Pero, por otra parte,
la filosofía también es una disciplina, que tú
estudias y trabajas en ella como una profesión, por lo que
de alguna manera también uno se desprende de ella como se desprende
de una prenda de trabajo y no está estableciendo una relación
permanente con lo que es la disciplina filosófica.
S. M.: De acuerdo a lo que me dices entonces, uno podría hacer la
distinción entre una filosofía como disciplina y una
filosofía como actividad de libre especulación…
M. B.: Claro, yo siempre cuando trato de definir la filosofía en el
colegio hablo de cierta actitud ante el mundo, una actitud de pregunta
respeto al mundo, una manera, una forma de preguntar muy particular.
Y considero que podemos definir algo así como un “sentido
filosófico”, una intuición filosófica presta
a cualquier disciplinamiento. Hay gente que la tiene, gente que la
desarrolla después o gente que incluso estudia filosofía
sin esa intuición…. Yo creo que esa es una actitud filosófica,
luego viene el estudio de la disciplina, que nunca tendría
que destruir ni ejercer violencia contra la intuición, todo
lo contrario: debería haber siempre una complementariedad entre
ese sentido filosófico y la disciplina. Es decir, tú
no puedes leer un texto de verdad filosóficamente, sin una
intuición problemática, sin la cual la lectura sería
mera repetición.
S. M.: Bueno, acabas de nombrar tus clases en el colegio. Eres de
los pocos docentes en el ambiente académico de la Escuela de
ARCIS que hace clases en el colegio, que persiste en la actividad
escolar. ¿Es un interés que siempre has tenido? ¿Cómo
ves tú la labor de la enseñanza de la filosofía
en los colegios?
M. B.: (silencio) “Una loable labor…” me imagino
esos discursos normalistas sobre la importancia del docente. Yo llegué
a hacer clases por una casualidad, nunca pensé hacer clases
cuando entré a estudiar filosofía, no sabía qué
iba a hacer… ni quise planteármelo. Nunca lo pensé,
prefería aguantarme la angustia. Ahora bien, en el momento
en que yo egresé tenía que trabajar porque quería
irme a vivir sólo —fue tan concreto como eso— y
lo que tenía a la mano era hacer clases, y resultó que
funcionó esto de hacer clases, y me encontré haciendo
clases, funcionando más o menos bien en mi relación
con los estudiantes y no era un trabajo que me desagradara —aún
cuando hubo una época en que lo detesté—, pero
con el tiempo, y no sin cierta fortuna, he podido llegar a estar en
ciertos lugares que no son muy violentos para un profesor, por el
contrario, promueven la actividad. Yo hoy día soy un profesor
de oficio, mi oficio es ser profesor. Podría hacer clases en
cualquier parte, como construir molduras, algo así.
S. M.: Personalmente considero que la filosofía tiene mucho que decir
en un colegio…
M. B.: Creo que la filosofía está en una situación
recomplicada hoy en los colegios puesto que la nueva reforma, como
hemos discutido aquí en ARCIS, es una reforma instrumental,
y en un esquema instrumental efectivamente la filosofía no
cumple un lugar, no tiene un lugar porque es todo el lugar, es la
consumación de ella misma… eso ya te instala a ti precisamente
en una situación extrañísima; uno podría
pensar que de alguna forma cada uno de los profesores de filosofía
es algo así como la pequeña facultad de Kant en el sentido
que, ya que es todo filosofía, el profesor de filosofía
es como la conciencia crítica de toda institución. Pienso
que ese es un buen lugar para un profesor de filosofía, aunque
se cumple muy poco pues mucha gente que hace clases de filosofía
o no entiende eso o nunca tuvo una relación vivencial con la
filosofía. Pero también creo que hay que ser muy realista
al respecto, es decir, desde la experiencia de estar estudiando, a
la experiencia de ejercer como profesor hay una enorme distancia en
lo que a expectativas se refiere; cuando uno es estudiante tiene muchas
expectativas en relación a lo que puedes llegar a enseñar
o a lo que puedes llegar a provocar, y no todas son verdaderas. Yo
creo que una de las cosas más importantes en la formación
de un profesor, es que tenga expectativas reales y realizables, acerca
de lo que hoy en día se llaman aprendizajes concretos y no
tener expectativas sobredimensionadas respecto de un rol romántico
del profesor, lo que es, en realidad una pura lesera, que se acabó,
porque la era del Profesor admirado, el “Loable Señor
Profesor”,… esa mitología hoy no tiene sentido,
ni uno. El profesor hoy día tiene que tener un principio de
realidad importante, y por eso mismo tiene que ser un tipo muy sano,
porque sino lo puedes pasar muy mal…
S. M.: Por otro lado Mauricio, y ya refiriéndonos a lo que
es tu desempeño acá en el ARCIS, para aquellos que hemos
tenido la ocasión de haber asistido a alguno de tus seminarios
se ha hecho muy visible que una de las grandes pasiones que tu tienes
son los griegos y su relación con la política ¿qué
rescatarías tú de ese vínculo entre la filosofía
griega y la política?
M. B.: Con respecto a esto yo diría dos cosas. La primera
cuestión es que hay una relación de gusto por la filosofía
antigua que tiene que ver con una especie de especialización
informal, digo informal en el sentido de que en este país nadie
puede especializarse de verdad, pues no encontrarías trabajo.
De alguna manera esta especialización informal está
vinculada con un deseo, un deseo que te lleva a involucrarte en ciertos
problemas; el primer vínculo que se arma con la filosofía
antigua tiene que ver con eso, con algo que te parece misterioso en
ese lugar y no en otro. En segundo término, hay una vinculación
respecto a la filosofía antigua en relación a un problema
mayor que es la política en general; yo trabajo la filosofía
antigua en relación al problema de lo político, esa
es mi lectura de los antiguos, una lectura que tiene deudas en autores
fundamentales, yo diría Jean-Pierre Vernant y todo el trabajo
estructuralista francés de los años 60…
S. M.: Hannah Arendt podría vincularse también al
desarrollo de esta problemática…
M. B.: Por cierto, pero la influencia directa mía tiene que
ver con ese tipo de trabajo; en realidad Hannah Arendt no estaría
dentro de lo que tu podrías catalogar como una “experta”
en Filosofía Antigua, ella trabaja la Filosofía Antigua
pero también interpreta como quiere muchas cuestiones de la
Filosofía Antigua. En cambio en el caso de Vernant, o Vidal-Naquet
y otros estructuralistas que arman una escuela nueva clásica
en Francia, son sujetos que sí están instalados en ese
problema, por lo tanto el uso de fuentes es muy estricto, el uso de
la lengua de los contextos, de las posibilidades de interpretación.
También
hay otro nivel de esta misma cuestión, que ya ingresa absolutamente
dentro de la materia, que es la idea de que lo político al
interior de la filosofía griega es lo central, quiero decir
que la filosofía nace por la política, por la necesidad
de preguntarse cómo se vive y cómo se puede vivir juntos;
la filosofía, más allá de su nombre propio, la
filosofía es una reflexión sobre la ciudad… y
puede en algún momento haberse alejado de ello o volver a ello,
pero, en su origen, la filosofía es ese problema, y ese problema
es mucho más importante que el problema del origen del mundo,
porque los griegos nunca se preguntaron acerca de cuál es el
origen del mundo, la pregunta griega era cuál era el orden,
y la pregunta por el orden no es una pregunta cosmológica,
es una pregunta política.
S. M.: En este sentido surge un problema entre la individualidad
moderna en relación al mundo griego: de alguna manera parece
ser que toda la filosofía que comienza con la individualidad,
la filosofía del sujeto o inclusive la modernidad como proyecto
filosófico se encuentra bastante contrastada con el este ideal
político antiguo…
M. B.: Hay una cosa interesante ahí, una tensión que
es especialmente interesante instalarla acá en ARCIS, porque
ésta no es una escuela de filosofía clásica sino,
más bien, una escuela de filosofía contemporánea
diría yo; entonces el supuesto institucional es el sujeto,
y todas la posiciones que tu puedas tomar respecto de él: criticarlo,
asumirlo, suspenderlo, etc. Hay algo interesante que ocurre con la
filosofía antigua que tiene que ver precisamente con que es
una filosofía en la cual no hay sujeto, una filosofía
en la cual lo que existe por sobre todo es el mundo, que no es lo
mismo que el exterior, sino el mundo como presencia. Es anterior la
comunidad al individuo; desde luego éste es un supuesto de
la filosofía griega pero tiene más bien un carácter
de supuesto paradigmático; el individuo es un problema para
ellos y eso es precisamente lo que acontece en la tragedia, cómo
el individuo a veces aparece y produce roturas, es decir, rompe el
orden comunitario, el qué, luego obliga nuevamente a este sujeto
a instalarse dentro de una cuestión pero nunca logra instalarlo
completamente. El individuo es una falla, lo que hay que recomponer
en relación a la comunidad, pero donde esa comunidad no existe,
es solo un deseo. Entonces no es que la filosofía griega tampoco
tenga individualidad, y ojo, no es que tampoco haya estado cerca de
pensar algo así como una noción de subjetividad pero
si uno es estricto con los textos y los límites de este pensamiento,
uno podría que decir que ni en Platón ni en Aristóteles
ni en otro filósofo de la época hay algo así
como una subjetividad, aún cuando haya conciencia, pues como
uno podría decirlo: hay conciencia pero no autoconciencia,
no hay esa destrucción del vínculo con el mundo exterior,
no hay todavía esa cuestión de poder instalarse en la
pura interioridad… de hecho las ideas platónicas conforman
otra dimensión, fuera del mundo, fuera del propio afuera, radicalmente
trascendente.
S. M.: Es decir que no hay una autoposición del sujeto…
M. B.: No hay una autoposición del sujeto sino que, más
bien, hay una posición de la cosa de afuera. Ahora, esa cuestión
a mi me parece interesante, que choque precisamente, con un pensamiento
de la subjetividad, hoy por hoy toda la revitalización del
pensamiento antiguo —del pensamiento griego principalmente pero
también del latino— es precisamente frente al problema
de la crisis de la subjetividad, la búsqueda de otros modelos
de pensamientos que no estén en relación precisamente
con esa subjetividad. Ahora, yo creo que eso ha tenido también
algunos rendimientos, pero en general ha tenido rendimientos más
bien dogmáticos que rendimientos críticos interesantes,
especialmente en política, rendimientos más bien dogmáticos,
es decir, al retorno de una especie de medievalismo —no pensamiento
medieval, el pensamiento medieval es mucho más rico que el
medievalismo moderno— respecto a esa lectura que una instalación
propiamente de la cuestión griega que es, para mí, el
problema de lo trágico, ahí estaba lo griego, su espíritu.
En la tensión entre esa catástrofe que nombra Nietzsche,
que es la irrupción del individuo, que en su condición
de catástrofe no se resuelve, eso es lo interesante, el griego
no resuelve nada, el pensamiento griego lo único que hace es
plantear infinitamente cuestiones y por eso es un tipo de texto que
es permanente, no resuelve…
S. M.: Existe un constante pathos en la filosofía griega…
M. B.: Bueno, de hecho no por nada a la escuela aristotélica,
que se le achaca ese elemento de aridez y racionalidad extrema, se
le llama peripatética haciendo una alusión al paseo.
Eso es lo que significa literalmente peripathos. Pero peripathos está relacionado etimológicamente con estar alrededor
de un afecto, el pasear como el dejarse afectar, dejarse afectar por
el paseo mismo, por la compañía en este caso o ser afectado
por el mundo como un compañero. Uno podría decir que
la filosofía griega es la acción de esperar ser afectado
por el mundo, que el mundo te diga algo, que hable de alguna forma…
S. M.: Allí se encuentra la figura del logos…
M. B.: Por eso la escucha del logos, y que en tanto que
el mundo habla yo lo que debo hacer es ser u testigo atento, un mártir
—mártir significa testigo—, un testigo atento;
cuando Heráclito habla de que a la naturaleza le place esconderse
u otros dicen que los dioses se burlan, lo que dicen es precisamente
que nosotros desatendemos esa habla de la naturaleza o del mundo…
y esa relación, por cierto, es la relación que es distinta
de la modernidad, que es de alguna manera la relación que vuelve
a proponer Heidegger cuando emplea expresiones como ‘hacer que
la cosa impere en su libertad’ o que ‘descanse en’,
‘la cosa descansa’ dice Heidegger en La pregunta por
la cosa, ¿Cómo asecho yo al ser de la cosa? se
pregunta, “dejando que la cosa descanse, descanse en sí”,
pero “descansar en sí” quiere decir, “que
me logre hablar” Entonces, si bien es cierto, tú puedes
acusar una cierta ingenuidad en términos de que, en primer
lugar, la cosa no es nunca la que habla, sino que siempre es el sujeto
el que habla (el sujeto es el parlanchín), no obstante, viéndolo
desde la otra forma, algo acontece diferente en esa relación.
De acuerdo con esto, yo diría que el problema de la subjetividad
y el problema de la filosofía antigua no son problemas que
están en una relación de oposición, no es tan
grotesco como decir que la filosofía griega no pensó
el sujeto, entonces es la filosofía del realismo o del objetivismo,
sino que son matices de una misma instalación, porque la instalación
siempre va a ser el sujeto más bien el ‘ser humano’,
no pensarlo así es una enorme ingenuidad; las cosas no hablan,
pero pensar que las cosas pueden hablar es una manera de decidir relacionarse
y desde ahí proviene una crítica a la subjetividad no
en tanto una estructura ontológica o una estructura esencial
del ser humano, sino más bien algo así como una decisión;
a mí me parece muy claro como lo dice Kant al inicio de la Crítica de la Razón Pura cuando habla del giro
copernicano, cuando habla de que hay que tomar un decisión
aquí: no es que vayamos a cambiar algo que es en sí
mismo o que estemos atentando contra un orden, sino que vamos a tomar
una decisión, ‘dejemos que’, hagamos el juego de
hacer que el objeto se legisle por nosotros; del mismo modo que podemos
hacer el juego inverso, que el objeto se autolegisle y nos hable.
Considero que ahí radica una cuestión que es interesante
y que hace que la filosofía antigua siga siendo una filosofía
que presente problemas.
S. M.: Me da la impresión que la filosofía del sujeto
suena un poco sorda desde la concepción antigua…
M. B.: Más bien yo diría que la filosofía del
sujeto, en tanto es esta decisión, provoca dominio sobre el
mundo y por lo tanto queriendo generar la autoconciencia lo que hace
es esconder esa autoconciencia en un simulacro, lo qué podría
venir a “rescatar” el pensamiento griego si se quiere.
Romper con esa ingenuidad, que no es sino la delación de Nietzsche
acerca que todo concepto es al final antropológico y antropocéntrico,
o antropoietico; todo concepto está hecho por un ser humano
y no tiene más valor que el del individuo, ahí se está
mirando desde una perspectiva antigua, rompiendo la ingenuidad del
pensamiento moderno tal como la filosofía del sujeto vino a
romper la ingenuidad del pensamiento griego respecto de que la cosa
habla y que tu pareces no ser alguien ahí; por eso te digo
que no son cuestiones contradictorias, sino más bien son las
instalaciones que se requieren constantemente en cruce para pensar,
para no perder ese estado de cuestión.
S. M.: Siguiendo más menos en el tema me gustaría
preguntarte por el lugar que tú le otorgas en tus investigaciones
a la filosofía de Aristóteles ¿Cuál consideras
tú que son algunos de los aspectos más importantes de
su pensamiento?
M. B.: A mí lo que más me interesa de la filosofía
de Aristóteles es el nihilismo de su ética, ese carácter
de desesperación trágica que tiene Aristóteles
—y uno puede decir que de honradez existencial extrema, aunque
suene un poco cursi (risas)—; el reconocimiento de ese estado
de finitud que define a toda acción humana, y toda acción
humana es una acción política por lo demás. Yo
he trabajado con respecto a eso precisamente el concepto de fortuna,
pues para mí el concepto de fortuna está relacionado
con el acontecimiento —no en el sentido en que hoy se habla
del acontecimiento o que muchas veces habla Heidegger del acontecimiento—
sino en el sentido de que acontecimiento es aquello que hace fracturar
el discurso; el problema en Aristóteles es precisamente como
él, pensando este concepto de fortuna (tyjé),
de suceso o acontecimiento, lo que hace es indicar la imposibilidad
de hacer logos del descontrol, y sin embargo la urgencia
de hacer logos de esa cuestión; y ahí se encuentra,
nuevamente, cierta aporía, esta especie de relación
de insistencia de la imposibilidad como posibilidad, considero que
ese problema está en Aristóteles. Ahora ese problema
es un problema que claramente trasciende a Aristóteles y a
mí me interesa trabajarlo en filosofía en y más
allá de él: la posibilidad de ese discurso, entendiendo
que el discurso en esa posibilidad ya no es el mismo discurso del logos que trata de dominar la naturaleza sino uno que, más
bien, trata de generar espacios de comprensión al menos contingentes
respecto de una cosa. Pero si el problema es precisamente que si lo
que define a esta acción humana es lo instantáneo, lo
momentáneo, lo oportuno (el kairos) ese momentáneo
es, de alguna manera, también el modo de transcurrir del pensar
que se trata de eternizar a través del supuesto del lenguaje,
pero principalmente del supuesto de la escritura… pero ahí
hay un gran error y a mí me interesa pensarlo: no es la escritura
lo que eterniza sino que lo que eterniza es una manera de comprender
la escritura que ha olvidado su materialidad. Si el problema es dar
cuenta de ese acontecimiento desde la escritura, ese acontecimiento
sólo se puede dar cuenta desde la materialidad de esa escritura,
y la materialidad de una escritura es, de alguna forma u otra, pensar
esta escritura como un cuerpo, pensarla en una relación a la
manera como la ha pensado Blanchot, como la ha pensado en algunos
momentos Barthes: la escritura como cosa, cosa que puede referir a
las cosas.
S. M.: Y hablar de cuerpos es, justamente, hablar de algo que a
la vez de permanecer se va acabando, ahí hay una relación
con esta dimensión trágica que los griegos manifiestan
y que no sería otra que la dimensión más propia
del pensamiento y de la escritura; esta tragedia de pretender permanecer
y a la vez no poder dejar de suceder…
M. B.: Claro, porque si en el fondo uno se pregunta qué esta
pensando, ese ‘qué está pensando’ obedece
precisamente a un cierto diagnóstico que uno hace del mundo,
ese diagnóstico crítico que uno hace del mundo tiene
que ver, en este caso, con el olvido de ese carácter, con un
tipo de mundo en que se ha borrado todo elemento de finitud y que
aspira a algo así como al cuerpo permanente de la medicina,
al cuerpo permanente del cirujano, un cuerpo en formalina, apareciendo
vivo cuando en verdad está desde siempre muerto. Frente a ese
problema, el irrumpir o el pensar o el reinstalar la precariedad es
una acción discursiva epocal y, como decía Hegel, la
filosofía piensa la época, entonces uno no puede sino
pensar aquello que está viviendo y creo que eso es lo que puede
tener interés.
S. M.: Es como aquel cuerpo conectado a un respirador artificial…
M. B.: Pero esa misma metáfora que tú estas pensado,
sobre un cuerpo conectado a una maquina, es precisamente la metáfora
del libro conectado a una industria editorial, es la página
reproducida infinitas veces… ¿quién hace vivir
a esa página? “El lector que cada vez lee…”
No, eso es una mentira. Una industria cultural, una maquina que la
mantiene y la hace permanecer; ahora, lo que es interesante de todo
esto es que del mismo modo como esa máquina de alguna manera
genera el artificio de la vida, la reproducción técnica
infinita, reproduce también un artificio de la escritura, entonces,
si uno trata de establecer relaciones y pensar cuál es el problema
de la escritura y porqué entenderla como cuerpo y ya no como
un artificio, entenderla como un suceso, como un acontecimiento que
es un tipo de cuestión que se resiste a la página multicopiada,
no porque no se pueda copiar de hecho, sino porque es una cuestión
que a pocos les interesará y ¿por qué les interesará
a pocos? No porque no tenga un interés, sino precisamente porque
está instalada de tal manera, oblicua o transversal, que molesta
el estar cómodo de la escritura de láser, en esa escritura
plana de la fotocopia que ni siquiera tiene la materialidad de la
imprenta. Hemos perdido toda relación con la materialidad…
el libro antiguo era un libro que quedaba marcado por el peso del
plomo de los tipos, por la densidad del metal. Podría no haber
tinta alguna pero igual quedaba impreso, había una relación
material, una relación de fuerza humana incluso, de transpiración
respecto a cada libro; de hecho el tipógrafo armaba página
por página, cada vez leía cada página, rescribía
al escribir, en cambio el láser de hoy no lee el libro sino
que lo copia. Considero que esa es una distinción interesante
de pensar. Uno no se sale del sistema porque deja de publicar libros,
eso sería una tremenda ingenuidad, sino que se sale del sistema
porque se publica un tipo de escritura que no quiere ser reproducida,
una cosa que está condenada a la pequeña escala…
como dirían los antiglobalizados (risas). Acá no hay
un problema respecto a la piratería —pienso—, las
que tienen problemas con la piratería son las grandes transnacionales
pero no los autores, pero nos han hecho creer que en realidad son
los artistas pero no son los artistas porque el artista siempre va
a tener una divulgación pequeña en un mundo en donde
hay un sentido común respecto al arte, entonces que se piratee
a la Isabel Allende es una cuestión menor en términos
del arte de la escritura, no es algo tan terrible… pero no se
piratea a Tellier aún cuando lo leen mucho, pero nadie piratea
a Tellier, al contrario aquel que va a querer a Tellier va a querer
la obra de verdad porque va a establecer un vínculo corporal
con la escritura no una relación de servicio.
S. M.: Me asalta la imagen de La nueva novela de Juan Luís
Martínez…
M. B.: Un libro irreproducible. En Juan Luís Martínez
tú te das cuenta cómo opera la escritura —el pensamiento—.
En su caso la escritura es el pensamiento y no la abstracción
que sucede como representación en tu cabeza, el pensamiento
es también materialidad. Ahora ¿por qué interesa
de fondo, más allá de todo lo planteado, pensar al pensamiento
como materialidad? Porque nosotros pensamos desde aquí, desde
este lugar del mundo, nosotros por una u otra razón hemos establecido
una relación con el mundo desde esa inmaterial materialidad
de la escritura. Todos los otros modelos son los modelos que suceden
en Europa, en el mundo de arriba, en el Norte; en cambio el Sur ha
establecido una relación, por la falta de información,
por el desengranaje que implicó la población de América,
ha hecho que nosotros nos vinculemos de esa manera poética-escritural,
no poética-mental, nosotros establecemos esa relación
y yo creo que pensar la escritura de este modo es también pensar
lo local, es también pensar aquello que uno podría llamar
‘lo americano’.
S. M.: Bueno desde aquí podría surgir una política
que no se ajusta al molde arquetípico de las políticas
identitarias en el sentido de que ya no habría una determinación
de la identidad como un objeto por pensar por medio de una representación
para luego exigir determinadas acciones en nombre de una verdad…
M. B.: La identidad sería la ejecución de ella, su
acontecer, que sólo podría ocurrir en la escritura.
Ahora decir eso parece no decir nada, la identidad como concepto metafísico
no aconteció sólo en la filosofía, pero es Europa,
es la Historia de Occidente, entonces decir que el problema de la
identidad no es un discurso en América sino que es una ejecución
en la escritura, el acontecer de la identidad en la escritura, es
estar marcando, a mi juicio, un Destino. Lo otro es caer en el juego
metafísico de la identidad… el sujeto muy moderno, muy
europeo y muy ilustrado que trata de capturar a su objeto, pero siempre
lo captura a la manera europea porque de ahí surgió…
El Teatro
S. M.: Bueno, tal como se señala al inicio de esta entrevista
aparte de tener una relación muy cercana con la tradición
de la filosofía te desempañas como dramaturgo ¿Cómo
nación tu interés por el Teatro? ¿Cuáles
son tus referentes escriturales en esa área?
M. B.: Considero que la respuesta a la pregunta de por qué
el teatro queda más que clara con lo último que he dicho;
si el pensar ocurre en la escritura entonces lo que hay que hacer
es escribir, pero escribir no es describir, pues describir es el discurso
del logos: decir cómo es lo que sucede, pero sin hacerlo
suceder; de alguna manera, entonces, el texto filosófico instalado
dentro de toda esta dinámica filosófica es un tipo de
texto que te obliga más bien a describir que a escribir —ha
habido casos contrarios, para mí el caso más paradigmático
es lejos Patricio Marchant, pero inmediatamente te das cuenta que
en tal caso lo que tú estas viendo ya es un desmarque del formato
y del genero literario filosófico—; la decisión
por escribir teatro, desde un punto de vista interno, obedece a la
necesidad de generar el acontecer escénico de la escritura,
ahí hay un doble juego en el sentido de hacer acontecer a la
escritura en tanto ‘yo escritor’, solitariamente, pero
también con la esperanza de que ese texto va a ser montado
y por lo tanto va suceder en términos ya no metafóricos
sino “reales”. Desde luego también me invita a
pensar en la existencia de una relación externa con la escritura
teatral, ésta tiene que ver con una historia, con mi historia
de referencias, de textos, de porqué llegar a escribir teatro
y también desde dónde hacerlo. Pienso que si yo tuviera
que establecer una relación con respecto al “lugar”
desde donde escribo tendría que decir que hay dos influencias
básicas en mi escritura, la primera y más importante
es Artaud, yo empecé a escribir desde la lectura de Artaud
y establecí una relación que he seguido manteniendo
permanente y eternamente, él es para mí el gran maestro
en el caso de la escritura, aprendí a escribir a partir de
esa lectura si se quiere decir de este modo —rescribiendo, copiando
los textos de Artaud. Da la casualidad, además, que a Artaud
le interesaba el teatro, no obstante escribió dos textitos
de teatro, bastante regulares por lo demás, no muy relacionados
a una cuestión muy artaudiana sino más bien a una especie
de dadá.
S. M.: ¿Dónde vez tú la esencia
de la escritura de Artaud?
M. B.: Considero que la escritura de Artaud acontece como escritura
pulsional. Quiero decir, como imposibilidad o impotencia y en este
sentido, como puro deseo, deseo sobre todo de querer escribir teatro;
toda su escritura tiene que ver con esa imposibilidad de concretar
sus proyectos. Su escritura acontece, en general, porque es puro deseo
y eso es lo que a mi me provoca. Ahora, si la pregunta también
va referida respecto a qué texto, yo diría que existen
variados textos y de diversos tipos: hay toda una textualidad que
obedece a su época surrealista que es de una potencia y de
una belleza deslumbrantes, es quizás el texto al cuál
uno llega más fácilmente; a ese texto le va a seguir
un tipo de poesía que es muy desvencijada, muy desarmada, son
libros como Aquí yace o Para acabar de una vez
con el Juicio de Dios. También existe otro tipo de escritura
en Artaud que es una escritura más bien de ensayo, pero diversas
formas de ensayo pues encuentras algunos cuya estructura está
muy bien armada como El Heliogábalo o articulos como
los de la colección de los Taraumara, y artículos
más desarmados, como El Arte y la Muerte, que se desarman
de tal modo que llegan a ser una suerte de prosa poética; pero,
donde ocurre Artaud es en su epistolario, pienso que si hay algo que
identifica a Artaud es esa constancia respecto a la carta, porque
de alguna manera la carta tiene el carácter de lo contingente,
de lo finito. La carta comporta de alguna u otra manera, eso de no
presentar ninguna exigencia salvo la del querer decirle a otro algo,
pero acto seguido yo cierro la carta y eso se acaba y en la siguiente
carta puedo pensar algo completamente distinto… En el género
epistolar es donde acontece Artaud, y donde logra efectivamente consumar
el proyecto del teatro de la crueldad porque él mismo se transforma
en la obra, y el único relato de él mismo son sus cartas.
Ahora, el otro sujeto que ha influido en mi escritura es Beckett;
mi acercamiento con él fue más bien intuitivo que técnico-literario,
y fue respecto a cierta economía que me interesaba y a un misterio
que no podía resolver respecto a la textualidad. De alguna
manera Artaud y Beckett arman una especie de tensión porque
uno podría decir que son justamente escritores polares: uno
absolutamente enajenado de sí y el otro absolutamente instalado
en sí. Considero que esa relación entre ambos es una
relación que me ha permitido templar mi escritura.
S. M.: ¿Qué relación tienes con la escritura
teatral clásica?
M. B.: En realidad sobre ese punto yo tengo mis gustos personales,
siempre he dicho que el mejor dramaturgo que ha existido es Shakespeare
y ése es el único dramaturgo que ha habido, en realidad
antes de Skakespeare estaba Sófocles y Eurípides pero
lo cierto es que aún no había acontecido el teatro;
y después ya no pudo volver a acontecer. Considero que todo
lo que uno hace es, de alguna manera, es una cita a la maestría
de ese acontecimiento; ahí está el teatro, para mí.
En Shakespeare se encuentran las máximas posibilidades del
teatro ejecutadas a muchos niveles porque encuentras la poesía
en el teatro, la prosa en el teatro, el teatro en el teatro, encuentras
su barroquismo aplicado a la presencia de los grandes problemas, las
grandes tragedias, el teatro de personajes y el teatro de la crítica
al personaje... tal vez lo único que no puedas encontrar es
algo así como la crítica respecto al lenguaje que es
lo que uno podría encontrar en Beckett. No es que Shakespeare
lo haya pensado todo pero de alguna forma su genio diseñó
aquello que tendría que suceder siempre en una escena. Ahora,
eso puede sonar muy reaccionario, y lo es en la medida en que el arte
que tiene un carácter reaccionario porque, de alguna forma
u otra, está siempre en relación, necesita un público;
no puede haber teatro solo. Ahí ya no hay teatro; de hecho
la palabra teatro significa ‘lo que se ve’ o ‘lo
que hay que ver’, theaomai es ‘aquello que se
puede contemplar’, eso inmediatamente involucra a dos, a un
sujeto que mira y a un sujeto que está siendo mirado; esta
imagen del teatro, entonces, es una imagen que tiene mucho que ver
con la filosofía antigua, cuando yo te hablaba que la filosofía
antigua es la filosofía del mártir, en este caso el
mártir también se transforma en escena, eso es lo interesante:
el testigo mira al testigo y por lo tanto ahí el teatro establece
un vínculo con la filosofía, hay algo que el teatro
no puede transgredir y ese no poder transgredir es una especie de
carga que tiene como arte y que le impide desarmarse porque en el
momento que se desarma al exceso desaparece. Uno podría pensar
que el fracaso de Artaud es justamente su intento de tratar de desarmar
radicalmente el teatro pues en ese desarmar el teatro deja de suceder
como teatro, deja de ser. En ese sentido pienso que el teatro tiene
un elemento que es reactivo, un elemento que te hace retraerte antes
de tu propio llegar al trabajo límite con sus diferentes recursos
representacionales; por eso uno podría pensar que en Shakespeare
aconteció todo el teatro porque en ahí aconteció
todo aquello a que máximamente podría aspirar el teatro,
todo lo otro a que podría haber aspirado el teatro ya no es
teatro, o es literatura, o es poesía o es artes visuales...
incluso uno podrían pensar, si nos ponemos más exquisitos,
que es danza o performance.
S. M.: ¿Consideras que el Teatro cumple una función
social?
M. B.: Como forma de arte el teatro es un arte que tiene una función
social casi por definición. Quizás otras artes pueden
prescindir de esa función social, pero el teatro en tanto acontece
como acción, y esta acción exige presentarse frente
a la mirada de otros, de hecho es social. No me imagino que pudiera
ser de otro modo.
S. M.: ¿Cómo vez ese rol social que define al teatro
aplicado al contexto del Chile actual?
M. B.: Eso es muy interesante por dos cosas que se ponen en juego.
Primero porque en el mundo actual —no sólo en Chile—
esa función del teatro o esa acción del teatro ha sido
reemplazada en primer lugar por los medios de reproducción
técnica como la televisión y el cine. El inicio de la
gran crisis del teatro —para algunos de su muerte— tiene
que ver con el cine en la medida en que éste reprodujo, y de
mejor manera, todos los recursos representacionales del teatro. Esta
suplantación del cine es una suplantación que luego
el mismo cine abandona porque el cine se independiza del teatro al
lograr generar un lenguaje autónomo; pero en ese independizarse,
dejó un hueco que el teatro no logra pensar hasta hace recién
muy poco, es decir: si el cine nos abandona ¿qué es
aquello propio que abandona que no puede el cine? (pausa) Lo que no
puede el cine es precisamente la presencia que implica el en-vivo,
la presencia real de un actor; y eso es precisamente todo el trabajo
que van a hacer los directores básicamente en los años
50 desde Grotowski hasta Peter Brook y todo el resto de los directores
interesantes e importantes en Europa y Estados Unidos en los años
60 y 70. Ahora, el supuesto entonces de que el teatro era lo que acontecía
ahí y ahora hizo también que dentro de todos los roles
del teatro se potenciara el rol del director, que más concretamente
deberíamos llamarlo un performer, es decir, un tipo
que instalas escenas, que monta una performance; actualmente
el teatro en general se entiende como performance, no como texto,
ni como literatura ni como escenografía. Lo segundo: considero
que a pesar de haber rescatado ese elemento, que es el elemento que
tienen todas la artes escénicas (la danza también lo
tiene), uno se sigue preguntando por lo particular del teatro; creo
que todavía el problema de la representación medial
puesta en relación con el encargo central del teatro —que
es el de contar una historia— es una cuestión que efectivamente
a minado su posibilidad, pues en este afán de repensarse el
teatro desde la performance siempre —tratando de pensar aquello
que, también, puede capturar público, no tan sólo
en un sentido instrumental sino más bien reflexivo por cierto—
el teatro, principalmente en los años 80’s, se transformó
en un teatro de imagen, un teatro que quiso hacer lo mismo que el
cine hizo a principios de siglo así como el cine robó
los recursos representacionales del teatro el teatro pretendió
hacer lo mismo con la imagen en movimiento, con lo que se incorporó
todo el elemento fílmico, el lenguaje del video y del cine
y la fotografía, con lo cual acontecieron cosas muy interesantes
—en términos de performance—, pero sucedió
también que el texto pasó a ser cada vez menos importante
y la figura del dramaturgo prácticamente desapareció.
¿Pero qué
pasó con ese experimento? Lo que sucede es que esos recursos
representacionales cuando tienen un modelo mucho más perfecto,
que es precisamente el original (si vas a contar una historia los
recursos del cines son mucho mejores que los del teatro pues el cine
puede trasladarse en el espacio y en el tiempo, generar montajes simultáneos,
cosa que el teatro por su realidad no puede hacer), provocan cierta
pérdida de aquello que, precisamente, escencializaba al teatro:
la pura presencia material de algo; si el teatro sigue teniendo alguna
función o alguna forma de ser propia tiene que ver con la presencia
material de la cosa, y esa presencia material no es sino la pura presentación
de la finitud, de la muerte; y si hay algo que a nosotros nos sigue
llamando del teatro, que nos invita a ver teatro, es justamente la
representación de la muerte, constantemente.
S. M.: En ese sentido existe una relación esencial entre
el teatro y la muerte.
M. B.: Yo establezco una relación esencial entre teatro y
muerte a la manera de Cantor, en donde “muerte” puede
significar un repertorio de cuestiones (como por ejemplo la fractura
del individuo), pero centralmente muerte es esa finitud que implica
un cuerpo (en este caso el cuerpo del actor)... hay una relación
implícita allí, y pienso que es ése su elemento
siniestro... a esa muerte yo la llamaría más bien peligro,
el peligro de la presencia, del otro que está ahí, que
suda, que se sacrifica delante de ti; de alguna manera ese peligro
te produce a ti, por una parte una fascinación enorme, pero
por otra, un enorme horror. El cine se encuentra absolutamente protegido
de ese peligro porque en el cine nunca va a suceder eso que sucede
en la película de Woody Allen de que se salen los personajes
de la escena, eso nunca va a suceder y tú lo sabes, en cambio
en el teatro sí puede suceder que el actor se enoje de verdad,
que rompa la ficción, la representación que no es sino
la situación en la cuál estamos constantemente; lo que
nos dice el teatro respecto a la finitud o la muerte es “esta
representación se puede romper en cualquier momento, en cualquier
momento empezamos o a falsearnos o a decirnos la verdad”
S. M.: El logos no puede controlarlo todo...
M. B.: Exactamente, no hay logos en el peligro teatral. Lo interesante
en ese poner en peligro a la representacionalidad del mundo es instalar
la precariedad una vez más, instalar la contingencia de la
acción humana, volver a pensar —a sentir en este caso—,
volver a dejarse afectar por esta condición.
S. M.: ¿Y cómo vez tú el papel del dramaturgo
dentro de todo esto?
M. B.: Considero que en cierto sentido desde este exceso que a implicado
el imperativo del director, hay una vuelta a la escritura en general,
en muchos teatros (Alemania, Francia, Argentina, Chile, Perú,
Inglaterra), pero es una vuelta donde no vuelve el mismo dramaturgo,
como cuando alguien dice “mira yo vengo de vuelta”, esto
quiere decir que yo ya fui, pero no volví igual, nunca más
pude ser igual, vuelvo habiendo acontecido algo... habiéndome
ido y perdido. Considero que la dramaturgia vuelve de esa manera,
viene con la marca de la pérdida que tiene que ver con la experiencia,
un poco dictatorial en algunos casos, del director y de la imagen,
y en donde ha vuelto a comprender que el texto no puede ser ni el
centro ni no el centro, sino un elemento más de la cuestión
teatral. Pero, por otra parte, tiene que ser un texto para ser puesto
en escena, tiene que estar escrito de tal modo que pueda producir
un acontecimiento; el texto teatral es una cuestión muy difícil,
muchas de estas nuevas textualidades se encuentran en el límite
de ser literatura y no literatura, yo digo que el texto dramático
no es un genero literario, es un tipo de escritura donde acontece,
pero menos que en la poesía; es decir, lo que en la poesía
acontece plenamente en la escritura, en el teatro se retrae para reservarlo
a la puesta, de modo que si pudiéramos entender el texto teatral
deberíamos considerarlo más parecido a una partitura
que a un género literario, a ese tipo de partitura que, como
dice Umberto Eco, están incompletas, abiertas como los trabajos
de Cage o Stockhausen en los 60, notaciones que se escriben para cada
obra. En el caso de Cage acontecen en relación a un azar, por
lo que lo hacen cada vez, como también la interpretación,
pero esa partitura no es nada sino se interpreta, se completa en la
interpretación; al mismo tiempo uno podría pensar que
la música de ese libro también se completa cuando se
interpreta, es decir, se establece un vínculo circular y virtuoso
entre la escritura abierta y la obra abierta, la obra abierta necesita
de una escritura que le genere esa provocación provisional,
valga la paradoja, pero esa escritura también tiene que tener
un elemento de apertura, su posibilidad. En ese sentido digo que el
texto teatral es como una partitura musical: no acontece plenamente
en su lectura pero bastaría, en caso de emergencia, por decirlo
de alguna manera, solo ser leída, pues es sobre todo un texto
para ser escuchado; un texto dramático funciona cuando es capaz
de ser cantado por alguien, cuando en la acción de leerlo en
voz alta algo te produce, el teatro acontece en ti como un fonema
(o un sintagma fonético para ser más preciso). Pero
ahí se encuentra una lucha, una lucha entre la audibilidad
y la visibilidad, entre la especulación (la teoría,
la contemplación) y la materialidad del sonido —pues
este parece ser pura materia en la medida en que falla más
generalmente que la visualidad; lo que tu puedes llamar más
propiamente materia es lo que falla, y el sonido falla, no se deja
escuchar a no ser que se encuentre bajo condiciones muy especiales,
la visualidad falla menos y por eso se entiende que es mejor y se
entiende que es inmaterial; por eso yo diría que la filosofía
del oído de Heráclito, en Nietzsche, en algunos momentos
en Heidegger, y también Aristóteles, es una filosofía
que tiene que ver con la falla...
S. M.: Algo que en la música también explora Schoenberg,
la manifestación de la falla en el sonido o la armonía…
M. B.: Exactamente, aparece la pura materialidad en el sonido; éste
deja de representar en Schoenberg para aparecer como puro sonido,
pero donde el sonido no es, como piensan algunos, la cuestión
mental; el sonido ocurre, acontece como sonido, y lo hace en el espacio,
entonces ese acontecer también es espacio… de alguna
manera es algo muy, muy extraño. Justamente donde nosotros
pensamos que la visualidad ofrece el cuerpo la visualidad lo suspende,
en cambio donde nosotros creemos que el sonido es una inmaterialidad
del espíritu en realidad es pura materialidad. Lo que estamos
diciendo allí es que aquello fracasó en su materialidad,
fracasar en su materialidad significa: “Era pura materia…”.
La materia se revela en su fracaso, como cosa. Si lo pensamos de esa
manera, la función del texto en el teatro es otorgar esa musicalidad;
ese acompañamiento, ese bajo continuo en el cual está
sucediendo la performance que es la cuestión teatral. Entonces
el texto ingresa como un elemento más —no privilegiado
ni nada por el estilo—, tan abierto como sea posible para que
el director los pueda interpretar y trabajar con ellos, ejecutarlos.
No obstante sí hay algo que el texto tiene que tener: una estructura
muy sutil, que le permita autonomía; es decir, al mismo tiempo
que está abierto, al mismo tiempo que no es ni el teatro ni
tampoco puede presidirlo. El texto se instala en un lugar muy límite
entre su absoluta prescindencia y su absoluta necesidad, en donde
primará más que nada su necesidad: “Esa obra no
pudo haber sido hecha así, como la vi, sino es porque tenía
ese texto así escrito”. El tema está en que en
la escritura teatral algo tiene que sonar, esto significa que algo
tiene que ser suficientemente material como para poder querer decirlo
en voz alta; el texto puede, por ejemplo, ser muy bello poéticamente
pero si no funciona sonoramente, entonces no es un buen texto teatral.
Y si, además, el texto no logra establecer una relación
con una situación que se va a representar con personas que
son reales, ese texto tampoco sirve. Cuando pienso en Shakespeare,
pienso que su texto es un texto que hace que leer teatro sea muy difícil;
mucha gente que no está metida en el mundo del teatro piensa
que leer teatro es exactamente lo mismo que leer literatura. En la
literatura tú puedes, efectivamente, no decir las cosas o puedes
ilustrarlas, porque de otro modo no se entiende. En el caso del teatro
tu no puedes tratar ni dejar de decir las cosas ni tampoco ilustrar,
entonces el texto teatral es un texto que siempre está pidiéndote
ver aquello que estás diciendo, porque lo que dicen los actores
es pura acción. Por ejemplo, pensemos en una escena del tercer
acto de Macbeth, después de la muerte de Rey Duncan: se han
escondido los asesinos y a la madrugada llega el famoso Macduff. El
borracho, que es el típico bufón shakesperiano, exclama
palabras que dicen algo así como “quién es el
que molesta a esta hora”, pero suenan —dichas en lengua
inglesa— como el sonido de una puerta “knock knock knock…”
Aquí ocurren dos cosas, el texto hace acontecer una musicalidad
remitiendo a una acción que podría no estar ocurriendo,
pero tú sabes que alguien está llegando y tocando la
puerta. Y por otra parte la modorra que tiene el sujeto, su problema
para abrir la puerta… en su desidia el tipo está ya ejecutando
una acción en la representación, el tipo tan solo lee
su monólogo y ya sucede algo en ella. Eso es una situación
dramática, es puro teatro. Es otra economía la que opera.
Ahora, tampoco quiero volverme un dogmático. Hay muchas teatralidades
que pueden incluso no parecer teatrales y sin embargo serlo grandemente.
Hay un misterio también en todo esto pero si hay algo que todas
tienen en común, eso es que todas ellas son gratas de decir,
tienen algo cuando yo las digo en voz alta. Un texto que se regala
al oído y una escena que se da a la vista, esa es la audiovisualidad
del género dramático. |
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