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Entrevistas | intereses, conversaciones.
Entrevista a Sergio Rojas, Director de la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS, realizada el año 2003.
por Alberto Allard.
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"La dictadura nos empujaba hacia el lenguaje", entrevista a Sergio Rojas
Alberto
Allard: La primera pregunta tiene que ver con el modo en
que llegas a la filosofía, con el momento en que te das cuenta
de que es filosofía lo que quieres estudiar, ¿Qué
es lo que te aproxima a ella?
Sergio
Rojas: La verdad es que yo nunca pensé en dedicarme
en serio a otra cosa que no fuera algo así como filosofía,
pero tampoco se trataba de que yo pensara en algo así como
“estudiar filosofía”, como si a los trece o catorce
años de edad supiera qué era eso, como disciplina, como
campo de trabajo o de escritura, ni mucho menos. Sino que en realidad
había ciertas inquietudes que se perfilaban cuando yo estaba
en séptimo u octavo básico. Y desde allí creo
que esas inquietudes tenían que ver con lo que de alguna manera
reconozco como cuestiones orientadas hacia eso de la filosofía.
Pero creo que siempre la orientación fue hacia allá,
hacia ese campo, con preguntas diversas. Recuerdo haberme detenido
mucho rato, por ejemplo, en el tema de la causalidad que era una cuestión
que me llamaba especialmente la atención, y digamos que la
manera en que me interesaba era una manera que después llamaría
“filosófica”. No era el problema de la causalidad
a la manera en que era tratado explícitamente y que tenía
que ver con las ciencias naturales —química, física,
etc.— sino que, como digo, era un tipo de aproximación
que llamaría filosófica.
Creo
que la primera relación que tuve con textos filosóficos
fue a propósito del empirismo. En el colegio, en segundo medio…
sí, debo haber estado como en segundo medio cuando a través
de unos manuales de filosofía me interesé ya por leer
a Hume, que debe haber sido uno de los primeros autores que leí,
y también algo de Berkeley. Se trataba de un tipo de pensamiento
que comienza por complicar nuestra manera cotidiana de percibir y
entender el mundo, y eso es muy seductor para alguien que está
entrando en la adolescencia.
Aunque la causalidad fue lo que me interesó, en sentido estricto
era la forma en que se planteaban los problemas lo que más
me interesaba. Los Problemas Fundamentales de Filosofía, de Russell, por ejemplo, fue un texto que me llamó especialmente
la atención, y tenía que ver con eso, con la manera
de plantear los problemas. No he trabajado hace mucho tiempo a Russell,
pero en ese momento me interesó mucho por esa manera de reflexionar
que llamaríamos “filosófica”, y que consiste
no tanto en contradecir la manera natural de ver las cosas, sino en
exponer su complejidad.
A. A.: ¿Quiere decir eso que ya en el colegio habías
aislado a la filosofía como una disciplina? Quiero decir ¿cómo
es que reconoces a tus intereses correspondidos en la filosofía
y no en otra de las asignaturas en donde podían haberse planteado?
S. R.: Yo no diría que la encontrara como disciplina, porque no se
trataba que la filosofía pudiera corresponder a expectativas
mías. Más bien lo que ocurría era que las ciencias
naturales no correspondían a esas expectativas, y
pienso que uno suele llegar a la filosofía de esa manera. Porque
uno descubre ciertos problemas, en cualquier parte: una asignatura
del colegio, en la literatura que frecuentas, en una conversación
que se mantiene durante el tiempo, pero el desarrollo de ese problema
en sus aspectos más sugerentes no los encuentras allí
—parecen estar en otro lado que tú mismo debes construir.
Y en ese no encontrar disponible el desarrollo de lo que te inquieta,
ya te estás acercando a la filosofía; en ese sentido
digo que no reconocía a la filosofía como una disciplina
(aunque tengo excelente recuerdo de mis dos profesores de filosofía
en el Colegio), sino que más bien encontraba cosas que me llamaban
la atención también en otras asignaturas pero que no
correspondían al tipo de problemas que se generaban en mí.
A. A.: Casi por teología negativa
S. R.: Claro, se podría decir que operaba de esa manera.
La ausencia y el silencio son muy importantes en la manera como se
desarrolla tu relación con el mundo y contigo mismo; acaso
sea la única manera de recuperarse desde un mundo que te exige
prepotentemente desde principios que no compartes o que simplemente
desconoces.
A. A.: ¿Y que continuidad podrías detectar tú,
desde esas primeras etapas de interés y lo que has hecho en
tu vida profesional o ya en la universidad?
S. R.: Bueno, creo que hay dos cosas, una que correspondería
en sentido estricto a la filosofía. O dicho de otra manera,
creo que hay un tipo de inquietud que permitiría tal vez esbozar
un itinerario al interior de lo que es mi relación con la filosofía
y hay otro tipo de inquietudes que permitirían esbozar un itinerario
un poco más amplio; parto por lo segundo: Por una parte se
trataría de la capacidad de ficcionar: ¿Y qué
entiendo aquí por la capacidad de ficcionar? Por la capacidad
de ficcionar de “la mente” —como lo habría
dicho en esa época—, entiendo la capacidad de hacer que
el mundo, las cosas, las personas, ingresen en problemas. A
eso me refiero por capacidad de ficcionar. De tal manera que el mundo
se vuelve demasiado. Eso que posteriormente diría
en los siguientes términos: cuando el mundo se hace representación,
el mundo se hace demasiado. Porque el mundo representado, es mucho
más que el mundo simplemente dispuesto como algo que existe.
Y digo esto pensando, por ejemplo, en el temprano interés que
tenía en Borges. Ese interés tenía que ver con
eso que después podría leer en Borges como la fascinación
de este autor, por ejemplo, por los espejos, los libros, los mapas;
es decir, la multiplicación innecesaria y al mismo tiempo fascinante
—y que tiende al infinito— del mundo. A eso me refiero
con eso de “capacidad de ficcionar”. Y creo que esa capacidad
de ficcionar encuentra, o encontraba al menos en la filosofía,
un campo privilegiado de desarrollo. Y la otra inquietud que permite
pensar un itinerario un poco más interno a la filosofía,
tiene que ver con el problema del poder. Ése es un
problema que me interesa desde muy temprano; por cierto, ya dentro
de la filosofía, pero desde muy temprano, y creo que es lo
que siempre me ha interesado.
Ahora, eso puede sonar un poco extraño, en la medida que muchas
de las cosas que he escrito, se dejan leer como “estética”…
A. A.: O como una filosofía más teórica.
S. R.: Claro, como una filosofía más teórica.
Lo que pasa es que el problema del poder ya no se deja leer simplemente
al interior de lo que conocemos —o reconocemos—, todavía
disciplinariamente, como filosofía política. O,
dicho de otra manera, la filosofía política ya no se
deja reconocer simplemente en la medida en que hace mucho tiempo en
que comenzó a desplazarse desde ese canon en donde se trabajaba
como “teoría del estado”. Hoy en día la
filosofía política reconoce a la filosofía del
estado como uno de sus antecedentes, importante y fundamental, por
cierto, pero ya no como su campo de rendimiento, diría, más
productivo con respecto a tratar de entender en toda su complejidad
el mundo en el que estamos viviendo.
Hoy en día una filosofía que está pensando, por
ejemplo, los procesos de globalización, necesariamente está
pensando el problema de la subjetividad. Está pensando
el pasado, presente y porvenir de la subjetividad. Mi objetivo, por
ejemplo cuando leo el libro Imperio de Negri y Hardt, uno
de mis objetivos es abordar cuáles son los rendimientos, el
espesor filosófico de esa obra —más allá
de las críticas que por cierto que ha recibido, algunas de
ellas muy fundamentadas—, sobre el concepto de potencial
de subjetividad por ejemplo que desarrolla Negri. Que es un concepto
absolutamente trascendental para entender las nuevas tramas del poder
y los procesos de globalización.
Cuando trabajo en mi tesis de licenciatura, sobre el pensamiento de
David Hume, diría que ese es el momento en que mi interés
por el poder se orienta hacia la teoría de la subjetividad.
Cuando se me hace muy presente el hecho de que la aparente “soberanía”
de la subjetividad es una figura terminal y no un dato “natural”.
Una figura terminal como el mismo estado. Como el “padre”
en Foucault, que es una figura terminal, y por lo tanto no estamos
hablando de lugares desde donde se ejerza el poder. Y el mismo individuo
tampoco es un lugar sobre el cual se ejerza el poder, y por lo tanto
hay que poner en cuestión, hay que superar la dicotomía
entre individuo y sociedad (o “sistema”, como se decía
en los 60’). Llegar a ser individuo es socializarse. Y
si el individuo se lleva mal con la sociedad, ello se debe a que la
sociedad se lleva mal consigo misma, sólo que esos problemas
están localizados sobre el individuo, mejor dicho en el individuo.
El individuo tiene una gran capacidad de absorber problemas, de asimilarlos,
de hacerlos propios, y por lo tanto de ir él a terapia, cuando
debiera ser la sociedad, pero es él el que va a terapia por
que es él el que está mal, el que “no se ha adaptado”,
etc. Claramente ahí el individuo no es un dato natural, sino
una figura terminal. Y como te digo, estudiando el empirismo de Hume
específicamente, buena parte de mi interés por el poder
se va a orientar durante mucho tiempo en el desarrollo de la teoría
de la subjetividad. Por eso te digo que mi interés por el poder
es el que traza un itinerario. Por ejemplo mi interés por la
estética, por lo que podemos llamar una teoría de la
sensibilidad, tiene que ver con eso también, con exponer la
hipoteca que implica toda experiencia.
A. A.: Había una pregunta, ya informulable en los términos
en que estaba escrita, pero el tema del poder puntualmente parece
estar muy presente en las cavilaciones de los intelectuales chilenos
durante los noventa. Y es bastante sintomático porque no son
sólo intelectuales, sino que se trata intelectuales agrupados,
en críticas culturales, en torno al arte, en la misma Universidad
ARCIS, etc. ¿No crees tú que en eso hay algo así
como una determinación generacional que tendría que
ver con el golpe de estado, y que explicaría que a esa generación
de intelectuales el tema del poder les sea tan caro? Y por cierto
la pregunta sería en qué manera eso podría ponerse
en tu caso.
S. R.: Creo que hay problemas generacionales, y también
hay circunstancias generacionales, en el sentido en que el
“tema” del poder indudablemente marca varias generaciones,
entendiendo por generaciones, generaciones académicas, es decir
gente que de otra manera comparte también otras cuestiones.
Pero creo que el tema del poder efectivamente marca a varias generaciones
en la circunstancia de la dictadura, y en ese sentido es un tema,
pero también es ante todo una circunstancia, una fatalidad,
en el sentido de que el poder no es algo “en sí mismo”,
el poder es una urgencia, un problema, una experiencia, y creo que
lo que determina la forma en que las distintas generaciones van reflexionando,
recepcionando ciertos temas y los materiales que les van llegando,
tiene mucho que ver con la manera en que intentan hacerse cargo de
su relación con el poder.
Creo que alguna vez lo conversábamos. Hubo un momento en que
el “poder” en su ejercicio brutal, en la época
de la dictadura, necesariamente hacía pensar en lo obvio, y
lo obvio es que ese poder se ejerce desde un dictador, que tiene aparatos
de seguridad, un proyecto local, un proyecto económico, social,
político local, generado desde Chile y para Chile, beneficiando
a ciertos sectores y excluyendo, incluso exterminando a otros. Entonces,
obviamente que ante una imagen como esa, la reflexión se canaliza
por ciertos lugares en donde está presente sin duda la teoría
del estado. Desde un punto de vista estético se trataba de
releer a Kafka con expectativas teóricas; la obra de teatro Pedro y el Capitán, de Benedetti, resulta muy impresionante
en esa época, una obra que recorre Chile y que hace reflexionar
sobre el problema de la tortura; y El Gran Dictador de Chaplin
es una película que se da una y otra vez, y en un momento es
casi un ritual ir a esos ciclos de Chaplin. Y en ese “contexto”
comienza de a poco a llegar cierta teoría, como es la obra
de Foucault, pero ocurre que la obra de Foucault tiene muy poco que
ver con esta manera de entender el poder, esta manera impuesta por
la brutalidad con que se ejercía el poder en nuestro presente
inmediato. Y cuando leemos a Foucault no encontramos eso. Es precisamente
el desmontaje de la concepción tentacular, piramidal del poder,
esta idea de que el poder está en un lugar y en otro no, de
que algunos lo tienen y otros no. Y a nosotros nos parecía…
digamos que no es que “nos parecía”, sino que en
ese momento la experiencia es la experiencia de que el poder está
en un lugar y que desde allí se ejerce brutalmente sobre los
otros. Entonces lo de Foucault era un desmontaje de nuestra propia
manera de entender el poder, y en ese sentido te digo, el poder no
era un tema en sí mismo, sino una urgencia, una experiencia,
que nos determinaba, nos condicionaba en buena medida, en la recepción
de ciertos materiales que iban llegando.
A. A.: ¿Y qué es lo que ocurre luego con Foucault?
Porque me parece que es un autor que acaba funcionando en determinado
momento como un dispositivo aglutinante para gente como Willy
Thayer, Miguel Vicuña, Iván Reyes, tú mismo y
muchos otros; un autor que cuando yo entré a estudiar, más
de veinte años después de todo esto, estaba en el centro
mismo de la discusión en teoría política.
S. R.: Yo creo que necesariamente hay que considerar dos cosas:
una cosa es el tema generacional y otra cosa es la historia académica,
disciplinaria que cada uno va haciendo. Y creo que Foucault tiene
una vigencia en ambos casos, es un autor que funciona como dices tú,
en un momento como un dispositivo aglutinante (risas), que
permite un reconocimiento entre aquellos que estábamos intentando
leer desde ciertos lugares y con ciertas expectativas teóricas,
y que por lo tanto opera como un reconocimiento. Así como en
algún momento cierto tipo de literatura, cierto tipo de música
producen ese efecto, más todavía en circunstancias de
“sobrevivencia” académica, quiero decir, cuando
tratar de entender no es sólo una tarea disciplinaria, sino
algo que la vida te impone con urgencia.
Pero por otro lado, Foucault es un antecedente absolutamente fundamental,
desde mi perspectiva, para entender los procesos del poder, y no fue
simplemente un efecto. Por ejemplo, es muy importante para entender
lo que conversábamos hace un rato sobre los procesos de conformación
y naturalización de la subjetividad. De modo que con Foucault
pasaron muchas cosas y siguen pasando. Es un autor muy importante
para entender a Negri y Hardt, en las categorías de “sociedad
disciplinaria” y “sociedad de control”. Parte de
este desmontaje de nuestra experiencia del poder tiene que ver también
con algo que nos impone la dictadura. Es decir, la dictadura tiene
que ver con procesos que exceden nuestras fronteras, y no puede ser
entendida sólo al interior de conflictos internos o nacionales,
así como también entender el fin de la dictadura exige
atender a procesos cuyos extremos virtuales no están necesariamente
en Chile.
A. A.: Pero tratándose de una cuestión de urgencias
experienciales, y no de una suerte de carta protocolar desde la cual
los sujetos comprometidos en el asunto pudieran vivir la historia
de antemano y con arreglo a proyecto, ¿cómo entra el
dato de que esta experiencia, esta cuestión por lo tanto desbordante,
se viviera desde la academia?
S. R.: Ahí habría que señalar algo casi decisivo,
y es que quien en sentido estricto vivió la dictadura “dentro
de la universidad” era gente que estaba dentro de la universidad cuando llega la dictadura —que no es mi caso—
y que de alguna manera permaneció allí, y entonces la
universidad podía ser un lugar “desde donde” pensar,
reflexionar, resistir, en el caso de los que lo hicieron. Pero de
aquellos que vivieron la dictadura como estudiantes, de ellos ya no
se puede decir que estén dentro de la universidad; lo que hay
es más bien un estado de intemperie.
Yo diría que en esa época la vida académica como
estudiante, una vida académica interesante, es una vida intensa,
que se va desarrollando por ejemplo en la generación de talleres
espontáneos de lectura o de reflexión. Entonces la dictadura
era un clima que nos empuja hacia la reflexión y nos empujaba
hacia el lenguaje. Nos hace escribir, leer, buscar otras cosas…
(Silencio) Es un clima brutal… y al mismo tiempo altamente reflexivo…
en ciertos lugares.
A. A.: A propósito de aquellas inquietudes básicas
como el problema del sujeto y del poder ¿Cómo podrías
describir qué se han desarrollado tus investigaciones en tu
vida académica adulta? ¿En qué estas trabajando
actualmente? Se podría hablar de al menos un par de libros.
S. R.: Hay por un lado un trabajo que es intradisciplinario, por
llamarlo de alguna manera, de una relación quizás más
“clásica” con los textos. Sobre eso publiqué
el libro sobre el problema de la historia en Kant y ahora más
recientemente el libro sobre Hume. Y eso se ha seguido desarrollando
con una lectura sobre Heidegger que se ha hecho un trabajo más
o menos grande; también sobre el problema de la cosa en
sí en Kant. Son cuestiones que sigo desarrollando y que
responden a un trabajo muy intradisciplinario, por decirlo de alguna
manera, y hay otros proyectos que están en curso y habría
que desarrollarlos.
Pero paralelamente a eso me interesan también trabajos más
de cruce o de borde, a lo mejor uno podría decir que todos
los trabajos son de borde, pero lo digo en contraposición a
esos otros trabajos que se dejan reconocer rápidamente como
un trabajo académico filosófico. Con respecto a eso
me interesan mucho los otros trabajos, con una relación fronteriza
con otras disciplinas. En eso hace ya un tiempo publiqué Materiales
para una Historia de la Subjetividad y después Imaginar
la Materia. Y ahora, muy recientemente, Las Obras y sus Relatos que es un libro que surgió por iniciativa de la escuela
de Bellas Artes de ARCIS. Debe su existencia, como yo digo, a un concepto
de Francisco Sanfuentes, cuando él crea una colección
que se llama El Rabo del Ojo, porque lo que a Sanfuentes le interesa
es documentar la relación que se ha producido entre filosofía
y arte. Entonces publica un primer volumen de Pablo Oyarzún
y luego este segundo volumen mío y que es un trabajo que responde
al criterio de la colección, por lo menos en estas dos primeras
publicaciones. Se trata de textos sobre arte, pero que están
referidos a obras, que tienen en las obras a su centro de gravedad.
Eso a mí me parece muy interesante, porque la relación
que establezco con las obras de arte, cuando escribo sobre esas obras
para libros de arte, para catálogos por ejemplo, es una relación
desde la filosofía, o sea que no hago teoría del arte
cuando escribo sobre obras. Tampoco historia o crítica del
arte.
Ahora pensando de qué se trataba este libro, lo resolvería
diciendo que es un trabajo de desterritorialización. O
sea que hay ciertos conceptos que tienen su espesor teórico,
que tienen su origen categorial y que se movilizan para dar cuenta
de una obra o de la experiencia de una obra, pero no se movilizan
como si fuesen conceptos cuyo sentido o significado ya está
ganado y que por lo tanto se utilizan simplemente para solucionar
una experiencia. Sino todo lo contrario, son conceptos que se exponen a la obra para ser desterritorializados, y el resultado de esto
es un texto, y me interesa mucho porque son textos que exhiben su
autonomía con respecto a la obra, no obstante dar cuenta o
proponer una lectura de ella, pero tienen su propio densidad por así
decirlo. Y ese libro reúne textos de esa índole.
A. A.: ¿Y es rojo también este libro?
S. R.: (risas) sí, es rojo, hasta donde el diseño general de
la colección lo permite.
A. A.: Los que hemos asistido a tus clases tenemos, me parece que la mayoría,
un muy buen recuerdo de esa experiencia pedagógica; tus alumnos
te reconocen fundamentalmente como “un buen profesor”.
Pero al mismo tiempo es clara tu actividad de escritura y publicación.
¿Cómo se relacionan esas dos preocupaciones —estas
identidades incluso—, la del aula y la de la investigación?
S. R.: Lo que yo pienso es que, en general, hay una relación
interna entre el trabajo en filosofía —la investigación
y la escritura— y la docencia. Entiendo que haya otros campos
o disciplinas en donde una cosa le resta tiempo a la otra, existen
académicos que así lo sienten. Pero en el caso de la
filosofía creo que la relación es interna.
Claro que hay un número razonable, finito, verosímil
de clases que permiten hacer esto, después de un cierto número
—número que habitualmente en Chile excedemos— surge
una cierta incompatibilidad, pero al margen de ese problema que es
más anecdótico, creo que hay una relación interna.
Y esa relación tiene que ver con el tipo de investigación
en la cual consiste la filosofía y es que se trata de un trabajo
con textos, en sentido estricto se trata de leer y dar a leer textos,
de interrogarlos, de meterlos en problemas —también en
ese enorme problema que es la existencia de cada uno. Por lo tanto
es un trabajo que es diferente a lo que ocurre si estás trabajando
con gráficos o con un microscopio, pues en filosofía
no tienes otro contraste, otro plano de verificación que no
sea el propio pensamiento. Entonces ese propio pensamiento requiere
internamente de eso que podríamos llamar en general el diálogo. Y el diálogo no significa necesariamente una “conversación”;
puede ser una ponencia, una conferencia, o una clase. En todo caso
se trata de un tipo de discurso que se genera a partir de otro, otro
que en el momento de producirse puedes ser tú mismo, pero que
no es posible sino sobre la figura real de otro que escénicamente
va a estar ahí, con su propio discurso, o con una pregunta,
incluso con una mirada de asentimiento, de extrañeza o indiferencia.
En ese sentido creo que el trabajo con los estudiantes es una instancia
absolutamente fundamental, sobre todo considerando la posibilidad
de hacer ese trabajo con estudiantes de distinto nivel, distintos
intereses, también a veces de otras áreas. Y hasta hoy
me he sentido absolutamente privilegiado por el hecho de poder trabajar
con esa diversidad. Eso es algo que me ha entusiasmado durante mucho
tiempo. Claro que a veces es demasiado y me canso un poco, pero esto
es ya un problema de saber llevar una agenda.
De hecho a veces tomo apuntes durante mis clases, y los estudiantes
se dan cuenta, que apunto cosas que yo mismo voy diciendo. Porque
con ocasión de tener que resolver algo, o de estarlo diciendo,
me doy cuenta de que falta algo. Y ese algo que falta muchas veces
no es simplemente el ejemplo más adecuado, sino que falta algo
que tiene que ver con un concepto intermedio y que en la exposición
aparece, se esboza.
A. A.: Así que asistes a tus propias clases.
S. R.: (risas) Sí, trato de que sea así por lo menos.
A. A.: Para pasar, si cabe, a otro tema, creo interesante también
tu gestión como director de la Escuela. Te ha tocado asumir
la dirección de la misma en un momento particularmente delicado
para la Universidad, y sé que has tenido que dedicarte a una
especie de estado de emergencia continua más que a administrar
determinados recursos o medios ya dados ¿Qué especificidad
hay en el filósofo que realiza una labor de este tipo? Si algo
queda del filósofo en este escenario.
S. R.: Claro, yo no sé si hablar de “filósofo”
en este caso. El problema es la relación académica con
las tareas administrativas. Las tareas administrativas consisten básicamente
en la fiscalización de lo que hay, y por lo tanto es una tarea
que se ejerce en tiempo presente. La condición, no sé
si exclusivamente de filósofo, pero sí de la perspectiva
académica, tiene que ver con un concepto como el de proyecto, y por lo tanto ya en eso hay un plus, un desborde con respecto
a lo netamente administrativo en el sentido de que hay que generar
futuro. La Escuela llega a un futuro no porque pasen los días,
sino porque se genera un futuro. Lo que se llama “proyecto académico”
exige poner énfasis en las tareas de investigación y
de docencia, también de desarrollo si hablamos de generar soportes
o recursos, y de extensión, que comparte algo de las otras
dos.
Dentro de esa idea, en esa perspectiva, diría que aparece un
elemento “filosófico”, por decirlo de alguna manera.
Y que tiene que ver con el hecho de que una Escuela de filosofía,
ni siquiera una carrera de filosofía, sino una Escuela dentro
de la cual hay una carrera y también actividades de departamento,
como actividades transversales compartidas con otras escuela, etc.
Dentro de una Escuela de filosofía es imposible generar un
proyecto con la densidad que eso implica sino tienes una comunidad
académica. Porque no se tiene un proyecto por el sólo
hecho de tener un calendario de actividades, y tampoco basta un equipo
de profesores. Un “equipo de profesores” lo generas simplemente
contactando, entusiasmando y contratando a profesores que puedan dictar
las asignaturas que requieres de acuerdo a tu planificación
académica semestral. En cambio una comunidad académica
implica una relación, yo diría de diálogo, es lo que le da el clima a una Escuela. Diría que el destino
natural de proyección académica de una Escuela, sobre
todo hoy, son los postgrados, pero por lo mismo que te decía
recién, estoy convencido de que no es posible generar postgrados
sin esta comunidad a la que me refiero, porque de otro modo lo que
hay es simplemente un buen negocio.
A. A.: Esa es una perspectiva bastante diferente de lo que ocurre
en otras universidades. En la mayoría de las universidades
privadas los profesores tienen una relación meramente contractual
con la institución. Cuando haces clases ahí tienes la
sensación de estar en una cadena de montaje, como si las cosas
hubiesen sido diseñadas para conseguir una higiene tal que
no permita que nada se pegue, que nada se contamine, partiendo por
los alumnos, y un diálogo efectivo en esas condiciones me parece
imposible —Algunas tienen guardias uniformados dentro de las
instalaciones y a mí no me ha quedado claro si estaba en una
universidad o un aeropuerto. Por otra parte está el caso de
las universidades tradicionales que tienden a funcionar en base a
enormes ceremonias burocráticas…
S. R.: Yo pienso que no se trata de convertir los defectos en virtudes,
pero hasta el momento han existido en ARCIS, no los espacios, sino
las condiciones, que son de diverso tipo, para generar esos espacios
y ese clima, al menos en nuestra Escuela, cuando ello ha sido posible.
En filosofía hemos ido lento en ese punto, y con lo de “lento”
quiero decir: cuidadosamente. Porque un proyecto de desarrollo en
términos de actividades de extensión, de actividades
de publicación y de postgrado, requiere una madurez que la
da precisamente este clima de comunidad, y esto cuesta mucho generarlo,
porque de ninguna manera consiste en que todos sean amigos, porque
esa aparente suficiencia puede ser el principio de la perversión,
pero tampoco consiste en un burócrata que evalúa currículos
y que entonces, si tiene el dinero suficiente, contrata un equipo.
Sino que es algo que se hace en el tiempo; no en el tiempo puramente
administrativo ni en el de la informalidad, sino un tiempo académico,
de madurez. Y eso significa profesores que dialogan, que reconocen
afinidades, que reconocen diferencias y que se reconocen en esas diferencias.
Y yo diría que en eso la Escuela ha ido avanzando y no me voy
a atribuir la autoría de eso, pero creo que he colaborado en
la formación de esa madurez.
A. A.: Alguna vez conversábamos sobre una capacidad crítica,
una capacidad de independencia crítica que la filosofía,
al interior de las escenas de conflicto intrauniversitarias, mantenía
con respecto a otras escuelas; puntualmente comentábamos la
efectividad, para mi curiosa, de la Contienda de las Facultades de Kant, en la escena del conflicto o la crisis ¿Qué
puedes comentar sobre esta capacidad de la filosofía para ejercer
este grado de libertad y conciencia crítica?
S. R.: No sé si con esto respondo a la pregunta, pero creo
que en una situación de crisis, una situación problemática,
lo que el representante de una unidad, un director o lo que sea en
cualquier institución tiende naturalmente a hacer es salvaguardar
los intereses y objetivos de la unidad que representa; en este caso
serían las escuelas. Y creo que eso es lo natural en la medida
en que cada escuela tiene una realidad que es distinta a las de las
otras. Y esto lo digo razonando desde el sentido común más
insoportable. Cada escuela tiene una realidad distinta y por lo tanto
cada escuela ve “cómo va” su realidad en esta crisis
que todos comparten. En ese contexto ya debiera diferenciarse, en
general, la intervención de la filosofía, en el sentido
que sería muy raro que la filosofía se pronunciara en
una situación de crisis abogando por su realidad particular,
en la medida que la filosofía no tiene una “realidad
particular” y menos en una situación de crisis. Y si
pudiéramos decirlo con los términos más en boga,
yo diría que el poder, la lucidez por así decirlo de
la cual podría ser portadora la filosofía, sería
algo así como la transversalidad, aunque habría que
poner las comillas del caso. Precisamente por el hecho de que la filosofía
no tiene intereses propios, incluso en el contexto de las Facultades,
podría decirse que la filosofía no tiene intereses propios
como sí los tienen las otras Facultades. Por lo tanto, dice
Kant, sobre cada uno de esos intereses el Estado tiene interés,
y el público tienen interés, y no es el caso de la filosofía.
Creo que, dentro de ciertas condiciones la situación sería
aplicable también en este contexto. Si la filosofía
se hace escuchar en una situación como esa, es precisamente
porque no va a defender privilegios ni particularidades, sino que
es una intervención desde una transversalidad y por lo tanto
debiera siempre hacer un aporte a la lucidez con respecto a la situación
general. Y esa ha sido mi experiencia, cuando ha habido pronunciamientos
afortunados.
A. A.: Pero yo no sé si estaría de acuerdo con que
la filosofía no tenga una especificidad que defender, precisamente
en momentos de ciertas crisis, cuando se observa que la misma posibilidad
de lo que llamas transversalidad, o de la crítica, es lo que
puede estar siendo amenazado. Ahí la filosofía tiene
un interés directo que defender y es nada menos que su propia
condición de posibilidad. Para ir rápido se me ocurre
ejemplificar con figuras de “villanos” bien caricaturescas,
como la Rusia de Stalin, el Chile de Pinochet, y ahora se podría
pensar en la guerra mundialmente extendida, un nuevo tipo de guerra
mundial, de Bush. Cuando la crisis se manifiesta de manera tal que
precisamente la libertad crítica, que sería en su lado
político la especificidad de la filosofía se ve amenazada,
creo que ahí la filosofía empieza a defender una peculiaridad.
Ahora, queda la cuestión sobre qué tipo de especificidad
es esa compartida por todas las teorías, todos los saberes.
Por otra parte, no sé si has visto los documentales de Michael
Moore, donde hay información bastante impactante, y que tienden
a rehabilitar esa figura clásica, a la que mis profesores,
en algún momento foucaultianos, me enseñaron a renunciar
de una manera tan contundente, del villano poderoso. Creo que estos
villanos centrales, o panópticos, logocéntricos si se
quiere, han sido denunciados como una amenaza en filosofía
desde Kant a Derrida, y quién sabe si la figura Socrática,
en un sentido muy crítica a la manera ilustrada, también
responde a ello.
S. R.: Creo que tú mismo das una vía de respuesta
en la dirección de lo que te señalaba hace un rato.
Estos documentales generan el grado necesario de espanto, escándalo
y de reflexión en toda la gente. Precisamente en cualquier
persona que no tenga intereses particulares en este punto, a favor
o en contra, y que diga, por ejemplo “eso ya se sabía”
o “eso es un arreglo”. Pero una persona que se enfrenta
a esto obviamente que lo que se le genera es también un espanto
reflexivo, y las personas se preguntan “¿en qué
mundo estamos viviendo?”
Bueno, diría que ése es el punto. O sea que un cierto
sentido de la reflexión radical no es privativo de la filosofía.
Y creo necesario que la administración de la institución
filosófica comience a entender ese punto. Es decir que ya no
se puede defender la reflexión como algo exclusivo de la filosofía,
la filosofía hoy en día no tiene el monopolio de la
reflexión. En los colegios por ejemplo, el gran tema es que
ya no se puede defender la propiedad reflexiva de la filosofía,
aunque creo que hay que defender la existencia de la filosofía
y además su autonomía, o un grado de autonomía
que hoy día no tiene debido en gran parte a los contenidos
que se le imponen. Pero el argumento ya no es que sin filosofía
no hay reflexión o que sin filosofía no hay ciudadano.
Y estoy hablando no en condiciones ideales, sino de eficiencia, diría
que esa reflexión se está desarrollando en la asignatura
de física, de historia, literatura. Donde aparecen preguntas,
por ejemplo, sobre la forma en que se articula el tiempo, en fin,
hay una relación reflexiva o debiera haberla, sobre esos contenidos.
De modo que la filosofía ya no tiene el monopolio de la reflexión.
En ese sentido defender la reflexividad, es defender esa especie de
transversalidad, en estas condiciones es una relación con lo
filosófico.
Y como alguna vez lo conversábamos, la paradoja es que la reforma
educacional, sobre una cierta concepción o preconcepción
de la filosofía, la va haciendo desaparecer en su singularidad,
precisamente porque su rendimiento ya está instalado. Lo filosófico
está o podría estar en todos lados.
A. A.: Aunque me sigue pareciendo muy discutible "la cuestión"
de la filosofía, creo que lo dices muy bien: se trata de una
paradoja. Me refiero a este no-lugar de la filosofía, como
una cuestión rara que está en todos lados y en ninguno
en realidad. Habría que ponerse a pensar en Wittgenstein, en
Sócrates, en Kant-Sade, porque también se trata de algo
que no se puede enseñar. La condición fantasmagórica
de la filosofía es un asunto muy viejo. Me atrevería
a decir que cada vez que la filosofía se ha puesto a pensar
sobre su propia condición y su pedagogía, ha dado, al
menos en ciertos momentos destacados, con algo así como un
no-lugar que a la vez es todo lugar.
S. R.: Sí claro. Lo que pasa es que desde el punto de vista
de la administración, política, académica, en
cualquier nivel el presente tiende a expulsar aquello que es sólo
posible. La administración sanciona soluciones y no puede por
lo tanto sino fatalmente cerrar el presente sobre sí mismo.
Ahí la filosofía dice “aún no”. No
dice necesariamente que esto deba ser así o asa, por supuesto
que lo puede decir, pero eso ya no es privativo de la filosofía,
y eso podría ser muy kantiano también.
Heidegger por
ejemplo, en la entrevista a Der Spiegel, dice que la gente
cree que el filósofo es alguien que está esperando a
que le pregunten hacia dónde deben ir las cosas para comenzar
a decir hacia donde debe marchar el mundo. Y eso no es así.
Ahora mismo, con respecto a actual desarrollo del capitalismo, existen
diversas lecturas, algunas incluso contradictorias, pero la común
tarea y responsabilidad filosófica es señalar que no
estamos en el “fin de la historia”.
A. A.: Otra cuestión que me parece interesante es de tu libro
de Hume. Supongo que a mucha gente joven le interesará saber
de ese libro. A mi personalmente me interesan mucho los procesos de
maduración y crecimiento en general. Me asombró mucho
cuando me enteré que se traba de tu tesis de pregrado. Me asombró
por esta decisión de, a estas alturas, volver sobre ella, de
revisarla y publicarla. ¿Cómo fue esa experiencia, que
me imagino fascinante, de volver a la tesis de pregrado? ¿Cómo
fue tu trabajo de corrección de ese tesista, qué es
lo que todavía reconocías ahí, y en qué
te habías distanciado?
S. R.: Primero tengo que decir dos cosas, y es que traté
de que la corrección fuese básicamente una corrección
de estilo, en ningún caso de reescribir ese texto. Hay varios
pasajes con los que ya tengo distancia, pero me parecía que
al interior se podían seguir coherentemente. Me parece que
hay un recorrido de lectura, que los problemas están verosímilmente
relacionados al interior del libro. La cuestión era o ponerme
a escribir un libro sobre Hume o revisar éste, y mi interés
no es en este momento escribir un libro sobre Hume. De modo que fue
una corrección de estilo, de matizar algunas cosas, eliminar
algunos excesos, traté que fuera eso. La segunda observación
es que los discos donde estaban esos archivos o se habían perdido
o necesitaban programas que ya no existen. Así que la solución
era escanear el texto o transcribirlo. Escanearlo era imposible porque
se ha perdido el original y lo que me quedaba era una fotocopia que
no servía para ello. Entonces Sergio Montecinos, mi ayudante
en ARCIS, se mostró interesado y muy generosamente hizo el
trabajo de transcripción del texto. Eso me comprometió
definitivamente a la publicación del libro. Ese trabajo generoso
y desinteresado —porque no era remunerado—, y además
interesado en el tipo de problemas que había ahí, me
comprometió absolutamente con la publicación del libro.
Ahora con respecto al trabajo mismo, creo que hay una cosa que es
importante, que se puede ver ahí, y que consiste en el trabajo
de lograr meterse en el pensamiento que estás trabajando; esa
es una operación que puedo reconocer, en algunos momentos más
lograda que en otros. Pero yo diría que está ahí,
y que creo que es lo que corresponde a una lectura filosófica
y es aquello en lo que consiste el leer. Que no es simplemente entender
los significados que están asociados a esas palabras en las
páginas, a esos términos, sino que leer significa, como
diría Derrida —por ejemplo, en La Farmacia de Platón—,
volver a escribir. O asistir al proceso por el cual ese sentido fue
siendo producido.
A mí me interesaba —y lo señalo en alguna parte
del libro—, es que lo que tú sabes del “empirismo”,
acaso lo que cualquier persona sabe del empirismo, es el énfasis
con el que se señala la experiencia, como el momento de verificación
de cualquier discurso. Ahora, creo que la condición para meterse
en el pensamiento de un empirista, y sobre todo en el caso de Hume
—momento cumbre de lo que podríamos llamar el empirismo
clásico—, es entrar con la pregunta “¿Qué
es el empirismo?”, y eso es algo que no se da por sabido, y
que significa específicamente “¿Qué es
la experiencia?”; es algo que no se puede resolver de entrada,
que te exige leer todos los textos de Hume con esa pregunta. Es lo
que te permite reconocer la obra de Hume, reconocer una misma cosa
recorriendo la obra de Hume, y es lo que te permite finalmente producir
el índice, que es el momento de una cierta y necesaria “ficción”,
en donde lees un ordenado proceso de desarrollo que nunca es así.
Diría que esa es una operación que no simplemente reconozco
hoy día, sino que es un ejercicio de lectura propiamente filosófico.
(Silencio) Ahora, solo ahora, puedo notar que hay cosas que dejé
afuera y que son internas al desarrollo de ese problema, como la lectura
que hace Kant de Hume, hoy sería un capítulo interno
a esa tesis, porque esa lectura no es hecha posible simplemente por
el proyecto crítico kantiano, sino por algo que hay en Hume
y que se ve desde Kant; también la relación con el liberalismo
habría que incorporarlo, no solo agregarlo sino que trabajar
las relaciones con el liberalismo, con Adam Smith concretamente, y
en tercer lugar, algo que en ese momento no se pudo, es la meditación
de Hume sobre el arte y la literatura. Creo que el trabajo que está
ahí amerita un capítulo sobre el tema de la ficción,
o sea de cómo puede leer un empirista la ficción, particularmente
la literatura, la relación entre la narración y el acontecimiento.
Hume de hecho tiene una Historia de Inglaterra que es muy poco trabajada,
así que el tema está presente, es decir ¿Cómo
lee la ficción literaria un escéptico como Hume? Esa
es una pregunta sobre la cual uno podría exigir un capítulo
que no está en el libro.
A. A.: Me da la impresión que la relación que guardas
con tu tesis es más de extensiones que de correcciones.
S. R.: Sí. Volviendo sobre el texto, me parece todavía es un
buen texto, que es todavía discutible, que todavía se
puede discutir en todo sentido.
A. A.: Para finalizar, pude leer el manuscrito cuando querías
ver la posibilidad de escanearlo, y me interesó la dedicatoria
que decía “a mis padres, por una larga adolescencia”,
esto se me vuelve más interesante cuando leo el libro y veo
que la dedicatoria se transforma y se mantiene a la vez: “a
mis padres, como ayer, por una larga adolescencia”. Me llamó
la atención que más allá de repetirla, la actualizaras,
que extendieras su valor.
S. R.: Creo que adolescente es algo que uno es o no es. Lo que pasa
es que uno no puede ser sólo adolescente, tal vez uno es otras
cosas también. Si has tenido una adolescencia muy intensa,
con cosas buenas y malas, creo que es imposible dejar de ser adolescente
del todo.
Ser adolescente es llevarse bien con la propia adolescencia. Si te
llevas mal con ella lo único que quieres es madurar, sentar
cabeza, cosas por el estilo, que es un mal entendido respecto de lo
que significa ser adulto, ser sujeto, ser individuo como te decía
hace un rato. Creo en la adolescencia como algo de la intensidad,
como una fuerza desterritorializante, la intensidad de los afectos,
de las ganas, de los odios y los amores, y en general creo que es
deseable mantener una relación con eso, particularmente en
el caso de la filosofía; esa condición, esa relación
con la adolescencia como intensidad, yo creo que es fundamental.
Puede sonar extraño si se piensa que la adolescencia es algo
que está cada vez más lejos en el tiempo, pero si tiene
que ver con la intensidad… Creo en el poder del escepticismo
de aquel que mira expectante hacia el futuro, y no creo en el escepticismo
de aquel que cansado carga con un pasado de desilusión. Hacer
lugar a la intensidad es como haber aprendido que no puedes estar
totalmente convencido de nada, y eso podría sonar muy filosófico,
pero también se podría pensar al revés, y es
creer en lo que sientes, en lo que te interesa, de tal manera que
a la primera que eso falle te das cuenta inmediatamente, y en ese
sentido diría que la intensidad de los intereses y los afectos
es una condición mucho más propicia a la lucidez, que
la desafección nihilista, indiferente, enferma, de un escéptico
dogmático, quiero decir de un escéptico a priori, que podrá tener mucho pasado, pero muy pocas cosas por
delante. |
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