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Entrevistas | intereses, conversaciones.
Entrevista a Guadalupe Santa Cruz, Profesora de la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS, realizada el año 2003.
por Sergio Montecinos.
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La escritura, la ciudad, entrevista a Guadalupe Santa Cruz
Sergio
Montecinos: ¿Podrías, Guadalupe, comenzar
contándonos algo de tu biografía?
Guadalupe
Santa Cruz: Preferiría terminar con esa pregunta,
o ir contestándola de a poco… lo que pasa es que inmediatamente
uno siente que tiene que responder a ese nombre personal, cuando de
hecho la escritura tiene, quizás, mucho más que ver
con el nombre propio o con el nombre que uno quiere darse...
S.
M.: De acuerdo… Tú siempre te nombras como
escritora, tu labor es la de la escritura, ¿cómo se
fue forjando a lo largo de tu vida este interés?
G.
Sta. C.: Yo diría que primero se fue forjando
a través de una cierta distancia respecto de las palabras,
en la medida en que me tocó, por razones autobiográficas,
tener una madre que hablaba inglés, un padre que hablaba castellano,
era chileno, y varios años de estudio en francés, de
modo que una pequeña torre de Babel personal me hizo tomar
las palabras no como dadas, sino como siempre modificables, siempre
atravesadas por connotaciones, por matices, por sutilezas, por durezas
distintas… es decir, el saber que no hay una sola manera de
nombrar, creo, es una primera inquietud por la lengua; luego, la subsecuente
dislexia personal (risas), una cierta tendencia a la “sopa de
letras” en el momento en que no estoy totalmente vigilante respecto
de la producción de un discurso, lo que me sucede muy a menudo,
es una especie de segunda lengua, también personal, que está
siempre pujando tras el discurso entendible, formateado.
S.
M.: ¿Quizás una cierta distancia de esa
relación tan determinada con la lengua posibilita una relación
más cercana con ella?
G.
Sta. C.: Sí, sí. Una promiscuidad enorme…
También en esa distancia es posible que uno se cree un hábitat
dentro de las palabras; cuando uno es huérfana de un solo discurso,
es decir, cuando uno siente que no te acoge un solo discurso, o sabes
que ese único discurso, esa única lengua, no termina
de dar cuenta de algo, tal vez te construyas otra hábitat de
palabras en que pasan a ser una suerte de ciudad para ti… bueno
yo, de hecho… es extraño, comencé a escribir poesía
en la adolescencia, luego suspendí la escritura por largos
años atravesados por la experiencia política en Chile
y luego por la experiencia del exilio, y por todo lo que fueron esos
años de actividad colectiva… y cuando volví en
mí no volví primeramente a la escritura, sino al grabado,
estudié en Bélgica grabado sobre metal tres años
y luego tuve un taller yo misma y fue otro tipo de grafía que
practiqué, entonces… grafía sin idioma, diríamos.
Y luego retorné a la escritura propiamente tal, literaria,
en momentos de disponerme a regresar a Chile, luego de un duelo; pero
mi escritura quedó muy influenciada por esa otra forma de inscripción
que es el grabado, esa otra forma de trabajo con las huellas y con
la materialidad que es el grabado; son transcursos, viajes: luego
de la escritura de mi último libro, Los Conversos, yo llevé
a cabo una visualización de esa novela a través de una
instalación que cruzaba la literatura y el grabado sobre soportes
no tradicionales, sobre yeso, por ejemplo; expuse un cierto trabajo
con las matrices, es decir, las planchas de aluminio grabadas y la
estampa de estos grabados en yeso o en tela; de hecho, en tanto visualización
de la novela no había ningún relato, ninguna narración,
no se daba cuenta de ninguna trama sino, tal vez, de una búsqueda,
muy presente en esa novela, y que es el preguntarse cómo contar.
Esa instalación terminó siendo una indagación
por las distintas formas de materialidad del lenguaje, y en esa habitabilidad
que he encontrado dentro de las palabras –en esa promiscuidad,
en esa cercanía– he podido sopesar su blandura, su rigidez,
su porosidad, su humedad, su viscosidad, su lado refractante, brilloso,
su lado secante, en fin, el placer de esa instalación, y lo
que yo vi luego de haberla finalizado, es que me había finalmente
abocado a hacer relucir esa distinta materialidad que pueden tener
las palabras.
S.
M.: ¿Crees tú que lo tuyo ha sido un sumergirte
y palpitar el universo de los significantes? (silencio)… Veo
que, al parecer, no te acomodan estos términos dicotómicos
que escinden a la significación
G.
Sta. C.: (Ríe) Me cuesta un poco, incluso, pronunciarme
con respecto a ellos. No he podido incorporarlos, no tengo ni siquiera
una posición al respecto… por lo demás, siempre
tengo que pensar “a ver…¿cuál es el significante,
cuál es el significado?” (risas…); tengo como una
indisciplina respecto de ese corte, no puedo ni siquiera decir que
estoy en contra de la dicotomía, sino que no he podido incorporarla
a mi lengua. Me interesan todos los signos, me interesan todas las
formas de grafía como signos y sentidos múltiples, plurales;
me interesa la ciudad, por ejemplo, como un texto, me interesan fragmentos
de la ciudad como pequeños capítulos; me interesa la
corporalidad, tanto de las personas como de los muebles como de los
espacios, también como conjunto “significante”
(más risas…)
S.
M.: Te relacionas más con signos que con divisiones
dentro de signos; con un conjunto que no es escindible a modo de una
especulación teórica tradicional, hiperdeterminante…
G.
Sta. C.: Sí, sí, es mucho de eso. Lo que
he buscado es, a través de la escritura, construir –construir
que es una exploración personal– nuevas formas que también
incluyan nuevos conjuntos. En el pensar también hay esa exploración
para mí, el intentar juntar o cruzar materiales disímiles,
de propiedades, de categorías, de textos distintos… me
interesan mucho esas amalgamas que por ser inusuales te puedan sorprender,
sorprender porque te llevan a pensar desde un costado distinto, desde
otra inclinación de la mirada. Pienso que esto puede abrir,
abrir otras líneas de fuga, abrir… creo que soy alguien
que le teme mucho al aburrimiento; entonces, salvar del aburrimiento.
Ahora, el aburrimiento es el aburrimiento, pero también me
parece que hay muchas formas de conocer que llevan a un tedio infinito,
porque consisten en llegar al punto de partida…
S.
M.: Extrañeza. Es la sensación que, como
alumno, me produjo asistir a uno de tus seminarios… extrañeza,
puesto que intentas borrar esa dualidad alumno-profesor e instalar
en el aula un diálogo entre lo que sería, por tu parte,
la escritura y, en nuestro caso especifico, la filosofía; extrañeza
producida por un diálogo fuera de los límites que, quizás,
la formalidad de la tradición filosófica sugiere, un
diálogo en torno a Hispanoamérica pero en base a un
“algo” que, por su misma indeterminación, se vuelve
infinitamente rico… ¿Cómo vives tú este
diálogo entre la escritura y la filosofía?
G.
Sta. C.: Lo primero que pienso, y me lo suscita lo que
dices, es que tal vez desde la escritura –y no es una figura
retórica– se asume que se sabe muy poco, yo asumo que
sé muy poco y sin embargo tengo una gran atracción por
el saber, es decir, no es una cuestión que me deje indiferente.
Quizás un gran motor en mí es la curiosidad, pero respecto
de Los Saberes, desde la escritura hay, tal vez, una gran delincuencia
en el sentido de que el conocer –para mí una novela puede
ser vista como una forma de conocer– puede darse también
a través de campos muy modestos, además sobre asuntos
que no parecen relevantes, pero que abro para recorrer o explorar
algo que me inquieta, y no sé dónde voy a llegar. Ese
es el riesgo de la escritura. Ahora, la delincuencia está,
bueno, relacionada con esa apertura, pero también con no respetar
quizás una raíz única, es decir, con el rechazo
de pensar a partir de una matriz predeterminada; bueno, ahí,
claro, se podría hablar de rizoma, en el sentido de que existe
en mi escritura un cierto desraizamiento, que me parece muy decisivo
pues llegado un momento deja de ser vivido como carencia para transformarse
en un piso, en un suelo; no hay una raíz, cualquier rama puede
ser raíz, cualquier excrecencia, cualquier detalle, cualquier
elemento inocuo puede de pronto ser principal, fundante, principio
–principio de un relato, no de las explicaciones–, de
modo que eso invierte mucho las jerarquías… llevar eso
al plano del saber, y sobre todo en filosofía, es por lo menos
problemático, porque yo tengo la sensación de tener
muchas afinidades con la filosofía, pero también muchas
distancias. La distancia que tengo es con respecto a ese saber tan
vigilado, tan vigilante…
S.M.: ¿Tan masculino?
G.
Sta. C.: Yo pienso. Pienso que es muy masculino en la
medida en que tiene que ver con una cierta genealogía entendida
como rigor, y como estructura; como avance lineal y continuo de un
mismo movimiento, y ante el cual hay que dar explicaciones al Padre.
S.M.: ¿Es un saber que tapiza?
G.
Sta. C.: Es un saber que tapiza; mi distancia no proviene
de su abstracción –a mí se me critica mucho por
abstracta y yo reivindico esa abstracción–, además
pienso que la noción de abstracción es siempre síntoma
de una época, a qué se le llama abstracción y
a qué se le llama concreción en cada época histórica…
creo que sería fascinante indagar en eso; yo puedo decir que
a lo largo de mi vida he visto cambiar el estatuto de ciertas nociones
que aparecían como abstractas y que de pronto aparecen como
increíblemente concretas, porque se produjo subrepticiamente
un cambio en las valoraciones, porque las palabras se cargaron de
manera distinta, etc.; por ejemplo, el lenguaje económico,
hoy, en Chile, me sigue pareciendo altamente abstracto pero, al parecer,
en el habla común ha pasado a ser terriblemente asible y proyectable
en la vida cotidiana; ciertas reflexiones que se hacían hace
treinta años, reflexiones políticas por ejemplo, en
ese momento parecían muy cotidianas, totalmente dialogables
y hoy en día aparecen como la máxima abstracción;
preguntar por el rumbo de una sociedad, hoy, parece una abstracción...
Entonces, no es
“lo abstracto” lo que me hace problema en la filosofía,
porque entiendo que hay allí una búsqueda de los fundamentos
que sostienen a los discursos, a los pensamientos… existe una
indagación sobre cuáles son las operaciones que están
en curso en un habla, en un momento histórico o en un pensamiento;
todo eso me parece tremendamente interesante. Aunque no creo que sea
monopolio de la filosofía, lo que valoro en la filosofía
está presente cada vez más en otros campos, por ejemplo
en una semiología amplia como puede ser la de Roland Barthes,
en la escritura literaria, en un psicoanálisis no religioso
(risas), también existe esa misma pulsación por desentrañar
las tramas de sentido que sostienen ciertos discursos, ciertas conformaciones
o ciertos modelos… en eso, entonces, siento cercanía,
y también siento cercanía con la distancia que instaura
la filosofía con respecto de los acontecimientos…
S.M.: ¿Qué significa para ti la distancia?
G.
Sta. C.: Distancia para mí sería el juego
entre estar presente y ausentarse a los acontecimientos, no como dos
momentos distintos, sino que –por ejemplo– puede haber
una suerte de memoria inmediata de lo que está ocurriendo,
que ya es ausentarse, ya implica una suerte de ausencia con respecto
a ese momento, una ausencia-presencia lúcida; hay un jugar
con las proximidades y las distancias que trastoca lo dado, que no
puede más que trastocar lo dado, que no puede más que
desembocar en una posición, pensamiento, o crítica,
estoy hablando de esa distancia crítica. Entonces, yo diría
que lo que muchas veces me hace escollo en ciertos textos filosóficos
es la necesidad de universalizar todo hecho, toda palabra, todo espacio;
esa tendencia universalizante que considera que está más
allá de las condiciones territoriales, históricas, matéricas,
que busca reubicar rápidamente esa singularidad o ese hecho
único –poéticamente único– en un
lugar ya conocido. La universalización de lo ya-conocido. Ahí
me hace problema.
S.M.: Un poco el gesto del Letrado, remitir desde un universal
hasta la determinación de todo posible particular… ¿Crees
que existe, de alguna manera, un olvido en tal gesto?
G.
Sta. C.: Sí, claro, hay un olvido frente a algo
que se está mirando. Se olvida lo que se está mirando
(ríe). Bueno, de ahí viene lo que yo llamo el aspecto
delictual que reivindico en la escritura, que es no remitir, sino
omitir; omitir es un cierto trabajo de desobediencia. Sí, omitir,
no es olvidar, es omitir para hacer posible otras miradas. Esta imagen
se me viene a la mente: está bien, está bien el estar
escarbando los fundamentos, los fundamentos de tal pensamiento, el
fundamento de tal orden. Pero, de pronto, en la ciudad por ejemplo,
el fundamento puede estar botado en la cuneta; puede estar botado
ahí, y hay que poder verlo, crearlo, construirlo, y para eso
hay que haber omitido la construcción, el edificio, el “megaconstructo”
(risas…).
La Ciudad
G.
Sta. C.: Ahora, entre tus preguntas habían algunas
sobre la ciudad… la ciudad ha sido para mí una forma
de darme un constructo que no tiene forma alguna, porque cada ciudad
es distinta; cada ciudad es única y singular en su forma de
resolver una serie de interrogantes, además, no hay autorías
claras respecto de la ciudad; tú no puedes decir “esta
ciudad es fruto de”, la ciudad ya es una amalgama, es una amalgama
de programas –la ciudad letrada–, proyectos, deseos, recorridos,
cruces, sitios baldíos… reformulaciones, renovaciones,
demoliciones, voces, hablas que pueden tener lugar en espacios reducidos
–¡miradas!, como la mirada que me provocó, hace
un segundo, la vista desde el baño de mujeres de este local,
que está en un subterráneo y cuya ventana da a la superficie
de la vereda de la calle Moneda– o en espacios públicos,
oficiales, o el habla amorosa…
S.M.: ¿Qué ocurre en la ciudad con la dicotomía
entre esfera pública y privada? ¿Qué pasa en
esa amalgama?
G.
Sta. C.: Hay una historia respecto de esa dicotomía
Obviamente que en la historia de la ciudadanía occidental esa
dicotomía ha sido terriblemente determinante, por ejemplo,
para la voz de las mujeres… Hoy en día esa frontera está
cada vez más cuestionada, en la medida que acontecimientos
que parecían por definición privados ahora son, al menos,
sancionados por el derecho, considerados delitos públicos,
como por ejemplo la violencia doméstica. Por otro lado, también
la incorporación de la televisión en los espacios privados
ha hecho estallar esa definición, porque cada hogar vive abrazado
a la televisión, y a todos los discursos que se están
produciendo –ahí me gusta pensar con Nancy Fraser que
el espacio de la discursividad constituye también un espacio
público en sí, y no sólo los espacios referidos
al Estado y al mercado. Entonces la frontera ya ha sido sobrepasada…
ahora (silencio) yo llevo tiempo pensando, recorriendo, dibujando,
escribiendo esta ciudad, Santiago: una especie de relación
de amor y odio… me parece muy importante –y así
lo he propuesto– una figura que yo llamo la ciudad-archipiélago,
en la cual no podemos hacer historia como se ha hecho en el Viejo
Mundo, continua, sino que se trata de una historia despedazada, que
vive varios tiempos simultáneamente. Además –esto
lo hemos visto en el seminario–, esta ciudad, en tanto ciudad
latinoamericana, como lo propone Joaquín Velasco, se halla
regida por un principio, por un orden –no es un des-orden, una
carencia– de vecindad, de contigüidad, en que hace convivir
espacios, elementos, hablas disímiles. Me ha interesado entonces
considerar Santiago como un archipiélago, un archipiélago
en movimiento, y en las ciudades que componen este archipiélago
–que son varias, yo por ahora he creado cuatro, pero es únicamente
para remedar un mapa– me ha interesado situar a las casas como
una ciudad. Porque cuando se dice “La Ciudad”, extrañamente,
se piensa sobre todo en los espacios públicos de la ciudad,
en las calles, hay una (silencio) fijación respecto de la ciudad
como constituida por los espacios que pueden recorrerse, ser recorridos
por todos; entonces yo propongo llamar a una de las ciudades del archipiélago
de Santiago –éstas no son excluyentes, se sobreponen
unas a otras, se cruzan– la “Ciudad de las Casas”.
Sería un modo de romper con el binarismo casa-calle, sobre
todo con la frontera que instaura la polaridad “adentro-afuera”
–inspirada en Mark Wigley, quien siempre cuestiona justamente
este binomio, como paradigma metafísico del pensamiento occidental–
al proponer que lo propio de esta Ciudad de las Casas es hallarse
regulada, precisamente, por esta lógica de interioridad que
marca la frontera entre el adentro y el afuera, lógica “casera”,
de domesticación, de domiciliación, que no sólo
se cumple en los hogares sino que se da en las instituciones, en las
universidades, en los ministerios, en los hospitales, en los colegios,
en los internados, etc., en el sentido de pertenecer-a y de estar
regido-por un tiempo normativo y serial. El tiempo es una de las formas
de conocimiento que busqué para abordar esta ciudad-archipiélago;
en el intento de asirme de perspectivas que permitan ver de otra manera
me centré en los ritmos de la ciudad, en los compases, queriendo
leer en ellos un sentido, la clave de un sentido). La Ciudad de las
Casas es aquella regida por el tic-tac de un reloj: “tic-tac,
tic-tac”, es serial, repetible, dicotómica, en esa ciudad
se separan tajantemente adentro-afuera, hombres-mujeres, alto-bajo,
bien-mal, sucio-limpio, integrado-marginal, es decir, todas las polaridades
que nos son tan familiares (ríe). Precisamente.
Pero no es la
única ciudad. No es la única ciudad. Esa es una ciudad
dentro de Santiago, además nadie pertenece sólo a una
ciudad, todos dentro de Santiago estamos también circulando
entre distintas ciudades; no creo que indistintamente, hay opciones.
Por ejemplo a la Ciudad de las Casas se contraponen La Ciudad de los
Extramuros, o la Ciudad del Deseo. Ésta última es la
ciudad, en Santiago, donde se da el derroche del tiempo, el tiempo
derrochado, donde los itinerarios no están preestablecidos,
es lo propio del “carrete”, la idea más literal
de “carrete”, donde tú sabes dónde comenzaste
pero no dónde vas a ir a dar (risas)… un carrete puesto
a rodar y en el cual no sólo no hay adentro-afuera, hombres-mujeres,
sino que ahí empieza una suerte de trenza que va contagiándose
–esa es una imagen que me es muy querida, la del contagio; creo
que cuando hablo de amalgamas, de formas y de conjuntos nuevos, los
imagino a partir de un movimiento de contagio que va apelmazando distintos
materiales, produciéndose así una relación distinta
a las relaciones entre categorías–; en la Ciudad del
Deseo creo que lo público y lo privado precisamente se contagian,
se pasan a llevar el uno al otro, lo que es distinto a la Ciudad de
las Casas donde debe haber un privado y un público, debe regirse
por él (Cristina Molina Petit plantea que se ha tratado antes
que nada de un código valorativo cuyos términos pueden
variar, siempre y cuando lo prestigioso se incline hacia lo masculino…).
La Ciudad de los
Extramuros puede estar en pleno centro de Santiago, de hecho está
en varios “bolsones” dentro de la ciudad de Santiago,
no es la periferia de algún centro, precisamente rompe esa
dicotomía, son extramuros que están a veces en pleno
corazón de la ciudad, pero que viven, se instalan, en un tiempo
suspendido…
S.
M.: Podría uno remitirse al mirar de Baudelaire,
que acontece también en la ciudad, pero donde la atención
está puesta en los contagios…
G.
Sta. C.: Sí, se ha suspendido respecto del orden
que él debiera cruzar para, más bien, mirar los órdenes
que lo cruzan, o asistir-a… claro, quizás en la Ciudad
de los Extramuros se asiste-a.
S.
M.: Inmediatamente relaciono esta figura del “carrete”
a la escritura, donde las barreras se van rompiendo para establecer
otra clase de relación con la experiencia…
G.
Sta. C.: Totalmente, cuando estaba pensando en esta
conversación, a la hora de almuerzo –me gusta muchas
veces almorzar sola en algún local en Santiago y me doy cuenta
que junto con hacerlo voy llevando a cabo un ejercicio, y ese ejercicio
consiste en hacer que las ciudades (porque no lo hago solamente aquí)
le hagan un espacio a las mujeres escritoras, lo que no significa
sacar un papel y escribir, sino significa el permitir, primero, que
haya una persona sola en un local demorándose, además
mirando seguramente de manera no codificada, o sea, no estoy mirando
al mozo para que me atienda, no estoy mirando a la caja para que me
den la cuenta, sino que me dejen mirar en otro circuito, porque uno
nunca sabe cuándo está escribiendo, yo creo que se escribe
muchas veces sin el papel y sin el lápiz, tiene más
bien que ver con un cierto “carrete” o con una cierta
suspensión o con un cierto derroche; bueno y, luego, que esa
persona que está sola en esa suspensión, que además
es mujer, no sea pensada como un abandono que habría que colmar
(risas)… son juegos con la ciudad que permiten darme cuenta
de que en algunos lugares o locales o boliches ya está instalado
ese espacio, en otros tengo todavía que instalarlo, en otros
lo estoy instalando, en otros estoy intentando… esto me hace
pensar inmediatamente en un fragmento de Sáenz, el escritor
boliviano: “Estoy separado de mí por la distancia en
que yo me encuentro” (…) “Pienso recorrer esta distancia
descansando en algún lugar”.
S.M.: Por lo que me dices parece que, de alguna manera, escribir
es como hacerse un lugar e ir haciendo lugares… pero parece
ser que en el Santiago oficial, tecnificante, existe una intención
de que no hubiese ya lugar para la escritura ¿qué piensas
de este discurso oficial característico de la modernización?
G.
Sta. C.: “La Ciudad Satélite” le
llamo yo a ese Santiago que, por supuesto, es hegemónico, no
creo que estemos en vísperas de la tecnificación sino
que ya estamos en la “ciudad farmacéutica”, en
que se ha hecho el trueque de la conversación por el comprimido,
en el que se ha reemplazado el trayecto por la velocidad y por el
llegar, por el punto de llegada, como dice Paul Virilio; yo creo que
ese Santiago ya está, tiene cogidos varios espacios de la ciudad,
pero no todos, lejos de eso. El problema es que el discurso dominante
construye la hegemonía de ese Santiago satelital en el sentido
de Baudrillard, de que todo sería hypermercancía y que
ni siquiera somos nosotros los que elegimos la mercancía, sino
que la mercancía nos elige a nosotros, y no sólo nos
elige, sino que nos aplica un test, pero el test ya está auto-respondido,
es decir, al comprar somos la respuesta prevista del test que implica
una mercancía.
S.M.: La producción de mercancía implica el
hecho de que esté comprada…
G.
Sta. C.: E implica ciudadanos que ya están en
esa compra, es decir, en ese producto están las ciudadanas
y los ciudadanos, el modelo de ciudadanía; en cada mercancía,
en vez de quedar visible la narración de su proceso de producción,
lo que lo reemplaza –o que reemplaza a la historia– son
las instrucciones de uso; ya no lleva incorporada su historia; por
ejemplo, al comer uva estamos comiendo también la cultura de
las temporeras, la vida nocturna de las temporeras, la vida temporera
de las temporeras, la vida temporal, esto de que te aceleran la vida
durante algunos meses… estamos comiendo eso también.
Ese es otro contagio, eso es lo que yo considero contagio: continuar
los relatos que quedan interrumpidos. Porque han sido cambiados por
el embalaje, por el envoltorio, por las instrucciones de uso, por
el envase… esa idea tan contemporánea del envase.
S.M.: Flores de plástico…
G.
Sta. C.: Y Flores, el ingeniero del lenguaje…
(risas) flores de plástico y Flores, el ingeniero del lenguaje,
que cree también que las palabras son comprimidos, en cierta
forma toda su ingeniería supone que las palabras son comprimidos
intercambiables, flores plásticas.
S. M.: ¿Consideras que este Santiago
pensado satelitalmente tiene su correlato en la organización
arquitectónica de la ciudad?
G.
Sta. C.: Santiago tiene demasiadas formas, es todo menos
una unidad, de partida no tiene un centro –eso lo trabajé
mucho en mi novela Cita Capital–, tiene varios centros, en la
medida en que no hay una historia oficial quieta, está siempre
en movimiento, cuestionada, se refunda con una facilidad impresionante
en el discurso nacional chileno, siempre se parte de cero, hay un
des-conocer para poder avanzar… Entonces no hay un centro, éste
se va desplazando: estuvo la Plaza de Armas, la Moneda –además
¿qué es lo que hace foco? tiene que ver con lo que está
en juego en un momento histórico…–, luego la Plaza
Italia, en un momento en que la división social en este país
se hace tajante, la Plaza Italia zanja esta ciudad entre un arriba
y un abajo. Pero uno siente que ahora se está mudando, por
un lado la torre de la Telefónica quiso marcar ahí un
hito de altura, pero ya hay otras construcciones que se lo disputan,
como es el barrio “Manhattan” en Santiago (aunque está
erigido sobre el cruce entre el misterioso e inmundo –inmundo
en todos los sentidos escatológicos– Canal San Carlos
y el imprevisible, cordillerano, río Mapocho, y colinda con
el enorme eriazo de los antiguos edificios fabriles de la CCU, por
lo cual este coloso de vidrios refractantes y de nombres anglófonos
tiene los pies en el barro, tiene pies de barro). También hay
un intento de “cultura forestal”, de constituir como espacio
público el Parque Forestal, que es un lugar perfectamente aledaño
y no amenazador, que siempre colinda-con, es una franja que, según
mi parecer, acompaña algo pero no es un foco; extrañamente
se intenta instaurar como espacio público –es decir,
de gran visibilidad y de gran centralidad–, cuando de hecho
se adivina que es un espacio amable y lateral…
S.M.: ¿Cuál crees tú que es el motor
o la proveniencia de este impulso centrificador que pretende hacerlo
todo presente?
G.
Sta. C.: Bueno, en primer lugar la historia política
chilena es tremendamente centralista, basta salir de Santiago para
darse cuenta de lo capitalino del discurso “nacional”
y del abandono en el cual se encuentran varias provincias de Chile;
todavía rechazo y –así como “significante-significado”–
no incorporo las cifras de las Regiones… Iquique, Andacollo,
Calbuco, en fin, tantas ciudades y pueblos que viven Santiago como
un centro excluyente; la Ley, el Derecho, en Chile ese es el texto
central; para mí, la gran novela chilena es la Constitución,
ese es el gran relato que anuda a los otros relatos, además
de ser venerado tanto por quienes le rinden pleitesía y obediencia
como por quienes le “sacan la vuelta”, es un texto constitutivo.
Creo, luego, que el Estado es terriblemente centralista; hay una política
del centramiento que yo he conocido por los talleres de oratoria que
hice durante aproximadamente diez años en distintos ámbitos,
con el mundo sindical, popular, y con dirigentas mujeres; en todos
los casos era impresionante para mí percibir cómo el
habla en estos pequeños talleres del habla –y del habla
corporal, porque no se trataba de escritura, sino de decir con el
cuerpo y con las palabras al mismo tiempo– en la medida en que
se iban abordando temas cada vez más comunes y “públicos”,
esa habla iba perdiendo toda excentricidad y se iba acomodando a una
gramática –de allí mi interés por la lectura
que hace Julio Ramos de La Gramática de Bello–, se iba
acomodando a lo que se llama la “lengua de madera”, a
un formato, a una sintaxis y a un universo de sentidos terriblemente
estrecho que ya es una forma de centralización, en la cual
tú terminas por no percibir diferencias, es tal la limpieza
y la fuerza con la cual se liman las diferencias de las hablas, de
los sentidos, de los imaginarios, que al final resulta en lo que uno
ve en la televisión: falsas polémicas, elaboradas sobre
un mismo fundamento, en un mismo paradigma, en una misma sintaxis;
una diversidad indiferenciada, esa es también la tecnificación
a la cual asistimos.
S.
M.: En relación con eso ¿hay en la escritura
una posición política?
G.
Sta. C.: Absolutamente (silencio). Respecto a las ciudades,
por ejemplo, en un texto reciente yo escribía que las ciudades,
y la ciudad de Santiago, han hecho correr mucha sangre y, junto con
ella, mucha tinta. Los imaginarios de país no sólo se
han escrito con sangre –”la letra con sangre entra”–
sino que con tinta: la letra con tinta entra. Veo en la tinta un poder
enorme, enorme y, al mismo tiempo, modestísimo; pero claramente
el escribir, el hacer uso de ese líquido que por lo tanto es
contagioso, que por lo tanto se mueve, que por lo tanto se derrama,
ya es político, sobre todo si uno ve la historia en nuestro
continente, el poder que ha tenido la ciudad letrada en sus distintas
fases, en sus distintas formulaciones, está en juego la política;
luego hay políticas de escritura, hay sobre todo (silencio)
en la palabra misma, porque no estoy hablando de tramas, de contenidos
ni de argumentos, en la escritura hay un modo de hacer, un modo de
instalarse dentro de las palabras buscando una cierta lucidez respecto
de ese habitáculo que es tremendamente político; pienso,
por ejemplo, en lo que hemos conversado en el seminario, en la necesidad
de darle lugar a la memoria, porque la ciudad y la centralización
están disputando lo disruptivo que puede tener la memoria.
Y cuando digo memoria, por supuesto, está marcadísimo
por la memoria traumática del Golpe de Estado y los diecisiete
años de dictadura con todos sus horrores; pero no sólo
la represión directa que significó la violencia militar,
sino también el golpe a las otras memorias que se fueron perdiendo
de a poco; por ejemplo, me gusta decir que la memoria de los derechos
laborales es una memoria que se ha perdido, tiene que ver con la tecnificación,
pero también tiene que ver con que esa primera violencia permitió
la pérdida de esa memoria; quienes trabajan hoy en día
no saben la memoria de lo que fue conquistado en el pasado, ni cuáles
eran los límites de la dignidad en el pasado, ha sido absolutamente
sobre-pasado hoy en día porque hay una política activa
de suprimir aquella memoria a través de los despidos, de la
“flexibilización” de las relaciones laborales –sin
ir más lejos, las temporeras y los temporeros ilustrados (risas)–
y otras figuras que impiden que esa memoria sea preservada por un
colectivo. Pero, también, cuando digo memoria me estoy refiriendo
a lo que hemos abordado en el seminario, que es este hueco que hay
en las palabras y que tiene que ver con la violenta historia de América
Latina y la violenta historia de Chile, a sabiendas de que “América
Latina” es un nombre dado por otro, es dado por el Viejo Mundo,
ahí existe un problema con las políticas de los nombres…
Siento que una de las violencias brutales de la dictadura militar
fue el hecho de los desaparecidos y las desaparecidas, pero una de
las preguntas mías es saber qué fue instalado, qué
ha sido instalado o qué estuvo siempre instalado en nuestra
sociedad, en nuestros posibles, en nuestros imaginarios, que hace
que podamos tolerar la existencia de los desaparecidos; de hecho,
la historia ha seguido corriendo –aunque hoy en día vuelve
a ser vigente este problema, incluso da pie a negociaciones–,
de alguna u otra manera nuestra sociedad no ha sido inquietada hasta
la médula por esta ausencia, lo que me hace pensar que ya ha
habido espacio para lo desaparecido en nuestras sociedades y que habría
que indagar, entonces, de dónde viene la aceptación
a ese horror. Yo pienso que ahí hay baches y huecos en varios
campos, pero fundamentalmente en la lengua, en la lengua nuestra hay
un hueco o hay un eco, hueco-eco, hay un eco. No son palabras sin
sombras, son palabras con una cierta duplicidad o con una vuelta,
porque el problema no creo que sea entre lenguas originarias y lengua
española, sino dentro de la lengua española cómo
seguirle la pista a esos ecos. Tal vez se cruza con la noción
de “tercera persona” de Renato Vivaldi, que busca en arquitectura
zafarse de la disyuntiva entre original y copia, y que propone, mismamente,
proyectar en tercera persona y “mirando hacia el patio de la
vecina”: el eco podría instalarse en esa distancia entre
la primera y la tercera persona. Y, también, repercute este
eco, quizás, el sonido de la estela de las “páginas
arrancadas” que constituye, según Gustavo Boldrini, la
narración de América Latina. Así como puede que
el hueco-eco se junte con la idea de “suplemento” –violación
que remarca la violación– de Patricio Marchant.
Tengo una imagen
muy reciente que refleja un poco la intención de mis cursos,
es decir, establecer un espacio de búsqueda colectiva, eso
es lo que me interesa: con las alumnas y los alumnos de un curso de
arquitectura fuimos recientemente a Andacollo y uno de los trabajos
que debían producir ahora, a la vuelta de Andacollo, era reubicarlo
–después de haberse caído en el pueblo de Andacollo,
porque indudablemente nos caímos todos, fue como caerse en
vetas… a propósito de Andacollo, donde siempre hubo una
cultura de búsqueda y elaboración del oro, una caída
en varios estratos de ese pueblo, caída vertical y caída
horizontal también–, les pedí que formularan visualmente
un nuevo lugar en el mapa de Chile para Andacollo. Porque los mapas
oficiales no representan los lugares de las cosas y de los cuerpos,
sino que son mapas administrativos o, como dice Roland Barthes, son
un imaginario de la objetividad, la objetividad es una forma de imaginario
como otra… en Andacollo es particularmente cierto, no me parece
que corresponde la ubicación que tiene en el mapa oficial de
Chile, está más lejos, está más cerca,
está más abajo, está sobre las cordilleras (en
plural), es más chico, es más grande, vibra, tiene vínculos
fuertísimos con otras zonas de Chile, podría ser parte
del Norte Grande, en fin… es muy descolocadora su densidad,
y una estudiante, Tamara Rammsy, le concedió en ese nuevo mapa
de Chile la siguiente ubicación: el mapa de Chile sería
una suerte de quebrada en un territorio que sería todo Andacollo,
es decir, invirtió el mapa; Chile –que efectivamente
tiene forma de quebrada– atraviesa un Andacollo enorme con sus
cerros y montes…
S.
M.: ¿Cabría una aproximación a
tu escritura, Guadalupe, considerándola como un escuchar los
ecos del olvido?
G.
Sta. C.: Siempre y cuando entendiéramos olvido
como olvido, es decir, también lo que está por suceder,
sin ubicarlo en una suerte de pasado remoto, desvinculado del presente
y de su vibración… uno puede también olvidar lo
que está por suceder…
Guadalupe Santa Cruz,
chilena, nace en 1952 en Orange, EE.UU. Es escritora y artista visual.
Tras el golpe
militar, en 1973, fue detenida y expulsada fuera del país.
Vivió un exilio de 10 años en Lieja, Bélgica,
donde estudió Grabado en la Academia de Bellas Artes y se licenció
en Formación de Adultos y Educación Permanente en la
Universidad de Lieja. Tras su retorno a Chile, animó talleres
de territorialidad con sindicatos y de liderazgo de mujeres con dirigentas
sociales, centrados en la oratoria y la construcción de discursos.
Es autora de las
novelas SALIR (Cuarto Propio, 1989), CITA CAPITAL (Cuarto Propio,
1992), EL CONTAGIO (Cuarto Propio, 1997) y LOS CONVERSOS (LOM, 2001),
así como co-autora y co-editora de libros en torno al género
y la ciudadanía –Samaritanas, mediadoras y guardianas
(Instituto de la Mujer, 1996), A contramano (Instituto de la Mujer,
1997), entre otros–, la ciudad, la memoria y los imaginarios
urbanos (Territorios sin medida, Universidad ARCIS, en prensa), así
como de numerosos ensayos y artículos en publicaciones culturales
y académicas.
En el 2000 y 2001
realizó una muestra plástica, Crujía, instalada
en diversos espacios de Santiago.
Es docente en
las Escuelas de Arquitectura, Filosofía y Sociología
de la Universidad ARCIS. Ha sido becaria del FONDART y del Consejo
Nacional del Libro y la Lectura (Chile), de la J. S. Guggenheim Foundation
(EE.UU.) y BREC (Canadá). |
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